uNa iNFaNCia SiN GLaMouR eN eL PaLeRMo De LoS AÑoS SeTeNTa, por Miranda Lida

Nací en barrio de Palermo en los tempranos años setenta, cuando el barrio tenía todavía mucho de barrio popular, incluso obrero; lo había sido desde los comienzos del siglo XX, con la fábrica de cerveza Palermo todavía en pie y las recordadas bodegas Giol hoy reconvertidas en Polo Científico y Tecnológico. La noche y el día hacen una diferencia en una barriada popular. Por la noche, no había iluminación en la cuadra, tampoco había casi comercios, poco tránsito de gente o de vehículos, casi todas las esquinas sin semáforo (hoy algo inconcebible en la zona), basura maloliente en algunos rincones, sobre todo donde había viviendas abandonadas (no era raro encontrar eso). Los peatones que se veían desde el balcón eran de perfil masculino, hombres solos.

En la cuadra en la que pasé mi infancia, en la calle Charcas entre Malabia y Acevedo (hoy Armenia), había una fábrica (otra bodega también) y el aspecto allí era decididamente obrero, con el trajín de camiones y de gente que toda fábrica pone en movimiento en horario diurno. La fábrica siguió funcionando hasta la hiperinflación del 89 o algo más. En esa zona había pocos edificios y cuando los había, eran modestos, sin SUM, ni seguridad privada ni amenities, por supuesto. El nuestro estaba justo contiguo a la fábrica y allí la iluminación nocturna escaseaba más que en cualquier otra parte. Las esquinas tenían terrenos baldíos o casas abandonadas. Difícil de imaginar este cuadro dado el contraste con el Palermo de hoy, convertido en uno de los barrios más caros de Buenos Aires, pero esta historia es real y así quedó grabada en mi retina.

Mis padres siempre fueron lectores, pero no universitarios; había muchos libros en casa, quizás lo único que había. En el cuarto de los niños había libros de adultos, porque en algún lugar había que ponerlos. No teníamos (mi hermano y yo) donde poner los nuestros y de hecho no teníamos tampoco “nuestros” libros; leíamos lo que encontrábamos en la casa y llamaba nuestra atención.

En los años setenta, Palermo no se parecía en nada al actual. La vida era sencilla, más propia de un suburbio.

Cumplíamos formalmente los estándares de la clase media: casa propia (un departamento en verdad), escuela pública y clases de música o idiomas a contraturno, también fuimos a algún club deportivo… Creo que ahí se acabaron los estándares aspiracionales de esa clase media baja en la que nací. Ah, me olvido, teníamos una heladera básica con congelador (no freezer) y un Winco desvencijado o algo similar; no era época de grandes electrodomésticos. Tampoco teníamos personal doméstico, claro, y había que lidiar con una casa con niños. Mis padres no manejaban, así que nos movíamos en transporte público y nos ahorrábamos el auto. No teníamos calefacción y hacía mucho frío en invierno; las estufas eran pocas y de mala calidad. A veces se recalentaban y se producían cortocircuitos que mi padre sometía a reparaciones caseras que, invariablemente, daban lugar a nuevos cortocircuitos. El lavarropas también era precario, apenas daba unas pocas vueltas, sin centrifugado.

Mis padres siempre fueron melómanos, además de lectores, así que discos y libros no escaseaban. Por supuesto, no faltaba tampoco la Enciclopedia Británica comprada en cuotas y el Informator ruso de ajedrez (padre ajedrecista), que seguramente despertaba sospechas de la encargada del edificio cuando recibía el correo en plena Guerra Fría, porque entre el alfabeto cirílico y los símbolos de la notación ajedrecística, con coronitas, caballos, alfiles y torres dibujadas en pequeño, bien cabía sospechar que mi padre era un agente soviético.

Escuela pública, desde jardín de infantes, mucha plaza en el tiempo libre. Vacaciones, muy raro, rarísimo. Una vez nos fuimos una semana a Bariloche con algún “paquete” comprado a través del turismo sindical. En otra ocasión, años después, a Piriápolis otra semana, en algún hotel sencillo, lamentándonos de no haber podido hospedarnos en el Hotel Argentino. Mucha plaza en el verano, en las tardes soleadas de invierno y en cualquier rato libre. El resto del tiempo, mucha lectura en casa. No teníamos televisión o, mejor dicho, hacía rato que había dejado de funcionar y no hubo más dinero para comprar una nueva.

De chica me sentía torpe para leer porque no existía en casa el concepto de libros infantiles o adaptados según la edad. Intentar leer Los tres mosqueteros en su versión completa a los 8 años no hacía más que hacerme agravar esa sensación de torpeza e incluso por momentos disuadirme de cualquier aspiración lectora. Conocía muchos libros, pero más por los títulos y los autores que por su contenido. Y el gusto literario desentonaba con el de mis compañeras de colegio, puesto que iba a colegio de niñas, aunque público: nada de Señoritas de Louise May Alcott que, a pesar de ser un clásico, no estaba en casa porque los libros que teníamos los había escogido mi padre (muchos libros infantiles que leíamos le habían pertenecido cuando niño).

Solía pasar vergüenza en los cumpleaños de mis compañeras porque no había plata para comprar regalos; sin embargo, siempre se solucionaba con algún libro que provenía de la editorial Abril en la que trabajaba mi padre. La colección Cuentorregalo, que apareció hacia los años ochenta, donde salió el inolvidable Robotobor de Marco Denevi, ilustrado por Antonio Berni, fue (entre otras) mi ancla de salvación en esas ocasiones, aunque la verdad es que me daba vergüenza regalar siempre libros. Pero no había otra. Una amiga de esos tiempos que reencontré muchos años después me sorprendió cuando me dijo que esperaba con ansias el libro que sabía que yo le regalaría, porque estaba cansada de las muñecas. En cambio, yo apenas tenía muñecas, peluches o juguetes importados, en auge en tiempos de plata dulce.

En los años setenta, Palermo (ya dije) no se parecía en nada al actual. La vida era sencilla, más propia de un suburbio que de un barrio de clase media con aspiraciones. No había mucho para hacer en el barrio, pero tampoco salíamos mucho, la verdad. Mi padre había inventado una estrategia para incentivarnos a pasear con pocos pesos: tomar un colectivo hasta su terminal y ver con qué nos encontrábamos, era como una aventura. No siempre el resultado era el deseado: una vez desembocamos en una villa miseria. Creo que ahí se acabó ese experimento.

Éramos ateos, algo difícil de explicarle a los demás en los setenta. Por suerte, tenía un abuelo judío así que, para evitar explicaciones, a veces decía que era judía, sin serlo.

En ocasiones, íbamos al cine al centro; íbamos mucho a la Hebraica a ver películas viejas. Mi abuela era cinéfila y mis padres también lo eran bastante; allí donde hubiera cine barato o incluso gratis, seguramente estaríamos. Recuerdo un cineclub con cine-debate al que me llevaban, pero no recuerdo en absoluto lo que se debatía allí ni ninguna de las películas. Nadie se fijaba mucho en si la cinta era apropiada para niños. Con corta edad, a mi hermana le tocó ver el desgarrador documental de Auschwitz, Shoá, de Claude Lanzmann, cuando ella tenía 5 o 6 años. En la Hebraica, naturalmente. Pongo este ejemplo para ilustrar la situación porque es difícil de pasar por alto: es un caso límite, pero no excepcional, dado que tengo ejemplos de a miles así.

Esa falta de tacto era propia de una familia como la nuestra, de padres lectores y de vasta cultura general, que, además, no hacían distingos en la educación de los niños y de las niñas, lo cual en cierto sentido debo agradecer, dado que eso me permitió adquirir una muy temprana conciencia de género. Eso se notaba en todo, comenzando por la ropa. No había plata, entonces había que ponerse lo que había. Recuerdo que tenía un solo vestido que usaba en torno de los 6 años. Quizás uno más, a los 13. La ropa era un problema. Mi hermano se quejaba de que los zapatos no eran lo suficientemente varoniles, sino unisex, algo que lo exponía a ser objeto de burlas en el colegio; una vez hizo un escándalo porque un jean le quedaba ajustado y mi madre lo obligó a ponérselo porque no había otra cosa. La masculinidad de antaño no veía nada bien esas cosas: las burlas debieron haber sido implacables en la escuela. Nada de remeras o buzos estampados con el personaje de moda ni de ostentar productos de marca. Por el contrario, la moda era un gasto superfluo. Unos parientes que vinieron de Estados Unidos una vez me regalaron un sweater, un pantalón, una camisa que me quedaban algo grandes… Eran las únicas prendas lindas que tuve entre mis 8 y 11 años y que al menos me dieron un respiro para salir de la ropa monótona que solía usar. A la edad de la primera comunión de mis compañeras de colegio, me sorprendió el ajuar de sus vestidos y su calzado reluciente y me hubiera gustado ser católica para tener un vestido así. Pero en mi casa no había plata para esos gastos y, además, tampoco éramos católicos. Más bien, éramos ateos, algo difícil de explicarle a los demás en los setenta: te encasillaban sin más y la condición de ateo era poco tolerada. Por suerte, tenía un abuelo judío y otros parientes más que se identificaban como judíos así que, para evitar explicaciones, a veces decía que era judía, sin serlo.

Mis hermanos son de talla relativamente pequeña, tal vez porque la dieta no era tan variada en casa. Mi estatura resultó bastante mejor comparativamente, cerca de 1,65 metros, bastante más alta que mi hermana y a muy pocos centímetros de mi hermano. Quizás porque, a diferencia de ellos, yo era “adicta” al chocolate en cualquiera de sus formas, incluido el chocolate en polvo tipo Nesquik (o marcas alternativas seguramente) que ponía como condición para tomar la leche. O quizás porque me gustaba trepar árboles, estirarme, hamacarme y lo seguí haciendo más allá de los 9 o 10 años, cuando generalmente los chicos ya no se divierten con estos juegos.

No tuve una educación sexista, como ya dije, y estoy muy agradecida por ello. Pero eso también tiene sus contras, no es necesariamente una panacea. Por un lado, tenía la misma libertad que mi hermano, e incluso a más temprana edad, porque tenemos edades bastante cercanas y bastara que a él le concedieran permiso para salir solo, para que automáticamente se hiciera extensivo a mí también, poco más. A los 8 años comenzaba a caminar por el barrio, en horario diurno, sin adultos, con mi hermano en ocasiones, e incluso sola, para hacer mandados o para ir a la casa de mi abuela que quedaba a dos cuadras. Esa libertad es invalorable, pero tenía la sensación de que nadie en mi familia era consciente de los riesgos que una niña sola podía correr en una barriada masculina como aquella. En una ocasión, de hecho, un hombre intentó propasarse conmigo, incluso me siguió y se introdujo en mi edificio pasos detrás de mí (en esa época era fácil salir y entrar de los edificios, bastaba con girar el pomo de la puerta, no había trabas de seguridad, ni cámaras ni nada). No sé cómo zafé de la situación, quizás gracias a la intervención de un vecino.

Era invalorable que no me asignaran tareas de niñas como coser o lavar los platos, sino que me enseñaran a jugar al ajedrez, me alentaran a aprender ciencias y a leer cuanto quisiera, me dejaran usar pantalones gastados todo el día, como lo estaba en general toda mi ropa y trepar a los árboles. Por algo odiaba usar pollera, o falda, como me insistía mi abuela. A mis compañeras no las dejaban andar solas por la calle como a mí, hasta donde yo sabía. Ahora bien, el episodio aquel en el hall del edificio me hizo dudar por algún tiempo si esa libertad así obtenida valía la pena, pero el sentimiento de libertad se afianzó en la adolescencia y las dudas fueron quedando atrás.

Como se ve, mi infancia de clase media en Palermo no estuvo signada por las marcas premium (aunque debo confesar que en casa habíamos logrado comprar algunos autitos Matchbox) ni por largas vacaciones de verano, ni por tener la muñeca de moda, ni por los electrodomésticos, ni por contar con una empleada que dejara la casa reluciente o el vestido comprado para la temporada. En casa todo lo hacía mi madre, como podía y cuanto podía, y lo que no, quedaba sin hacerse. No nos sobraba nada. Racionábamos la Coca-Cola, que solamente tomábamos en fin de semana o en alguna ocasión muy especial como un cumpleaños: la botella de litro se distribuía rigurosamente, de tal modo que tomar 200 o 250 cm3 en una comida era un lujo y un manjar. Por contraste, las botellas individuales vienen hoy de 500 o 600 cm3… Por supuesto, no tomábamos meriendas en bares, apenas íbamos a restaurantes 4 o 5 veces ¡al año!, no hacíamos fiestas de cumpleaños y menos que menos en salones de alquiler con animación contratada.

Una familia de clase media que lo único que tenía de clase media, valga la redundancia, era la casa propia que en realidad no era tan propia si miramos la letra chica, porque no habría podido ser adquirida sin ayuda familiar, los libros (muchos de ellos habían sido comprados usados), los discos ídem y el cine, rara vez de estreno, sino más bien de barrio, en cineclub, en la Hebraica o en la sala Lugones del Teatro San Martín.

En ese microclima, adquirimos una amplia y rara libertad en la calle, rara, por ser tiempos de dictadura en que las calles gozaban cada vez de menos libertad. Paradójicamente, no éramos libres para elegir los libros, las películas o la ropa, porque era muy excepcional que nos compraran lo que deseábamos. Son extravagancias de esta microhistoria de los años setenta, más allá de cualquier mito, en un viejo Palermo que ya desapareció, como también había dejado de existir el Palermo de malevos y cuchilleros a la hora en que lo retrató Borges hacia la década de 1930.

Miranda Lida

lidamirand@gmail.com