San Marcos Sierras, tierra de gigantes y de profecías cumplidas

Diez años antes de la declaración de la independencia en Tucumán, los Henen o Comechingones, pueblo originario de San Marcos Sierras, provincia de Córdoba, ya habían logrado pacíficamente que los invasores españoles le devolvieran sus tierras.

Tal hecho sin precedentes en la historia americana ocurrió el 17 de marzo de 1806, en ocasión en que el virrey Marqués de Sobremonte daba sus servicios a la corona de España como gobernador de Córdoba. A decir verdad, un mes antes, tras recibir la noticia de que la flota inglesa se aprovisionaba en el puerto de Bahía, Brasil, para invadir el Río de la Plata, Sobremonte había decidido huir a Córdoba con el tesoro virreinal delegando el mando de la defensa a Santiago de Liniers.

La primera invasión inglesa se hizo efectiva a través del desembarco en las costas de Quilmes de mil seiscientos hombres a cargo del coronel William Carr Beresford, el 25 de junio de 1806, es decir, más de cinco meses después del traslado del virrey a Córdoba.

En el medio de estas circunstancias comprometidas para el futuro del virreinato, la villa de Tay Pichín, hoy San Marcos Sierras, había sido abandonada por los ocupantes españoles. El último que había ostentado la “propiedad” de la villa fue el Deán de Santa Cruz de la Sierra Toledo Pimentel, alrededor del año 1734, fecha de la construcción de la capilla del lugar que aún lleva ese año inscripto en su frente. El Deán no dejó sucesores ocupantes y la villa volvió de hecho a manos de sus pobladores originarios. El historiador Yamil Nievas del Castillo, nativo y habitante de esas tierras, me contó que tuvo oportunidad de oír del cacique descendiente de la familia Tulián las enseñanzas ancestrales que los comechingones fueron transmitiendo oralmente de generación en generación. Una de ellas se refería a una profecía que, según sus palabras, sostenía: “el cacique dijo que los blancos no iban a dejar descendencia aquí”.

Dados tales acontecimientos, en que la villa de San Marcos Sierras se encontraba sin ocupantes españoles, en el medio de un contexto de invasión extranjera que hacía peligrar la existencia misma del virreinato y con la presencia en la región de la máxima autoridad virreinal, el cacique Francisco Tulián solicita formalmente la devolución de las tierras a su pueblo. El virrey Sobremonte, preocupado por sumar apoyos en la región para mejorar su precaria situación política y militar, ve una buena oportunidad para congraciarse con los comechingones y, en nombre de la corona de España y luego de más de trescientos años de usurpación, accede al pedido concretando así la devolución
formal de las tierras.

De esta forma, estos robustos aborígenes que llegaban a medir más de dos metros de altura y lucían barbas hirsutas, vieron cumplir la profecía de sus ancestros.

Actualmente San Marcos Sierras es una villa que no acepta el asfalto, no tiene estaciones de servicios
de combustibles, no hay Mc Donald´s y cadenas de supermercados, tampoco hoteles cinco estrellas ni barrios
cerrados. La impronta musical y cultural que caracteriza su feria artesanal, sus platos y las prácticas de diferentes terapias alternativas que se ofrecen en cada posada o casa de campo, prevalecen como un legado que los hippies y los seguidores de Ghandi trajeron en los años 60´ y 70´. En los últimos años, legiones de jóvenes ensayan su experiencia hippie antes de terminar la universidad y de convertirse en profesionales entusiastas del capitalismo, y displicentes porteños aportan su experiencia comercial desarrollando bares, restaurantes y emprendimientos vacacionales costosos. Pero, a pesar de los nuevos habitantes blancos y de la explosión turística que invade y ocupa nuevamente estas tierras, las sierras, los ríos San Marcos y Quilpo siguen ahí. También las piedras horadadas y usadas desde hace cientos de años como morteros para cocinar, hacer boleadoras o definir las estaciones de siembra. Todo sigue en su lugar. Y si tienen alguna duda, solo les bastará observar el tranco largo de algún lungo barbudo al que ocasionalmente puede verse por las sierras, que es el paso, acompasado y seguro, de los descendientes comechingones que saben que el valle seguirá siendo la tierra que siempre fue y que estos nuevos visitantes tampoco dejarán descendencia aquí.

Sergio Carciofi

Este artículo fue publicado en De una punta a otra de la historia. – 1a ed. – Buenos Aires:  Puerto BA Ediciones, 2014. ISBN 978-987-26508-3-4