LOS POLÍTICOS, EL MITO DE GIGES Y EL VALOR DE LA PALABRA

Si hoy aceptamos vivir en comunidad política, es decir bajo el imperio de las leyes y de la idea de justicia, no es porque sea naturalmente bueno; sino más bien porque cada uno de nosotros no tenemos la fuerza suficiente para cometer injusticias.

Si vamos a los orígenes de esta idea nos toparemos con la antigua escuela griega de los sofistas. Fueron estos filósofos tal vez los primeros que enunciaron la idea de un pacto que, según Aristóteles, sería “garante de los derechos de unos para con otros, pero incapaz de hacer buenos y justos a los ciudadanos”.

Todos se vuelven injustos cuando saben que no corren peligro de ser descubiertos

El punto es que para los sofistas, por naturaleza, es bueno cometer injusticias, pero sucede que la humanidad viviría en constante daño mutuo. Por esta razón, para evitar sufrir los perjuicios unos y las ventajas otros de esas injusticias, se establecen acuerdos y se fijan pactos que establecen leyes justas.

Ya en el pacto, es decir en una comunidad regida por normas de justicia, la injusticia sin embargo no desaparece, se mantiene necesariamente latente y lista para ser practicada. Esta situación produce en la comunidad un malestar que exige una salida o un dispositivo de escape de esta neurosis que pide a los ciudadanos evitar ejercer acciones injustas.

Una de las estrategias para huir de ese malestar, es asumir ante los demás siempre un compromiso público de respeto por la ley justa y a la vez transgredir la ley, o cometer injusticias, en secreto. En los diálogos que Platón expone en La República, el personaje de Glaucón es quien explica esta estrategia a través del mito de Giges. Resulta que Giges era un pastor que estaba al servicio del rey de Lidia. Cierto día descubre en el campo una grieta que fue abierta por un terremoto. Al verla decide bajar a sus profundidades y  en el fondo encuentra un caballo de bronce con varias puertas y adentro el cadáver de un caballero que tenía un anillo de oro en sus dedos. Se lo quita y se reúne con otros pastores, pero en la reunión descubre que el anillo tenía el poder de hacerlo invisible a su antojo. Entonces, con el poder del anillo, Giges decide ingresar sin ser visto al palacio del reino. Luego seduce a la reina, asesina al rey y se apodera del trono. Así concluye Glaucón que todos se vuelven injustos cuando saben que no corren peligro de ser descubiertos.

 La injusticia consiste en ser justo públicamente pero no en privado

En la vida política, entonces, es natural que un político públicamente se esfuerce en mostrarse respetuoso de la ley y la justicia, pero busque por todos los medios transgredir la ley y ejercer actos injustos en privado. De algún modo el político cuando accede al poder, accede al poder del anillo de Giges. Lo que buscará es no ser descubierto públicamente y mantener cómplices temerosos de ser destinatarios de sus injusticias privadas.

En este arcano ─o espacio oculto─ de la política, es donde caen todas las promesas electorales. Públicamente se promete lo que es legal y justo y en secreto se incumple y trasgrede las promesas y la ley para practicar la injusticia. ¿Se preguntarán qué pasa si alguien los descubre y denuncia? Los sofistas tenían una segunda estrategia para seguir practicando las injusticias a saber: Como las injusticias son secretas, nadie sabe a ciencia cierta si es verdad o no, entonces es discutible. Al ser discutibles se abre la posibilidad de evitar todo castigo ejerciendo una oratoria capaz de convencer al público de toda inocencia. En definitiva, como argumenta Glaucón, “la más alta injusticia consiste en parecer justo sin serlo”. Es decir mostrarse justo públicamente pero ser injusto en privado.

¿La palabra puede tener algún valor para la política?

Todo esto viene a cuento porque en el discurso público actual raramente encontramos políticos que denuncien la generalización de este artificio sofista. Sino todo lo contrario, cada vez lo vemos expuesto de manera más grosera (!) Así Alberto Fernández pudo criticar y denunciar públicamente a Cristina Fernández de Kirchner y simultáneamente acordar un frente electoral para luego decir que coinciden en todo (cosa que nos lleva a suponer que ahora ya no). O Sergio Massa que juró en público jamás volver a tener relación alguna con La Cámpora para luego ser el más fiel aliado de Máximo Kirchner. Lo mismo pasa con Mauricio Macri que juró y perjuró que eliminaría ganancias en salarios, nos subiría las tarifas, que no pediría créditos al FMI, cuando en privado estaba haciendo todo lo contrario. Sobran ejemplos en la historia y en la historia reciente, tal vez el famoso “Si hubiera dicho lo que iba a hacer, no me votaba nadie” de Menem resuma a todos. También abundan ejemplos en los casos de corrupción que buscan ser redimidos por el poder de oratoria de abogados, trolls y columnistas. No vale la pena enumerarlos, elijo invitar al lector a explorar su memoria.

Sin embargo en todo este embrollo cabe preguntarse: ¿La palabra puede tener algún valor para la política? Parecería que no. Pero si la palabra ha de tener algún sentido, no podrá ser otro que el de desbaratar la gran puesta en escena política que explicaban los sofistas y que hoy se practica como regla casi sagrada. Me refiero a la palabra comprometida con lo que todos hemos acordado como comunidad, a la palabra como valor de justicia, a la palabra que tenga la fuerza de imponerse en los oscuros escritorios donde se elevan los muros del arcano político. En definitiva, el valor de la palabra dada en público y cumplida en privado.

Lo cierto es que hasta acá la política no es más que un teatro donde sobre el escenario de lo público se desarrolla el engaño de las apariencias de las leyes y la justicia y, tras bambalinas, se ejercen abiertamente todas las injusticias que impactan de lleno sobre el púbico espectador.  Ante el montaje de esta tragedia que vivimos deberemos entonces recoger la palabra pisoteada y embarrada y volver a darle valor, si es que queremos forzar a Giges a devolver el anillo al caballero caído en el fondo de la grieta.

Sergio Carciofi, abril 2021