MURIÓ MENEM, SÍMBOLO DEL DESASTRE NEOLIBERAL

Carlos Saúl Menem, “el símbolo de la globalización neoliberal” en América Latina (así lo llamó Fidel Castro en 2003), falleció a los 90 años. Inmediatamente su memoria comenzó a usufructuar los beneficios de haber dejado ya este mundo, y muchos salieron a lamentar su muerte justificando las atrocidades de su gobierno afirmando que fue votado por una inmensa mayoría tres veces. Y esto es tan cierto como las acciones y omisiones de su nefasta presidencia, que ocupó diez años de la vida política, social y económica de los argentinos.

El gobernador riojano, de patillas y poncho, se impuso a la renovación peronista que encabezaba Antonio Cafiero porque representaba la alternativa a lo que en esos tiempos se llamaba “el hambre radical”. La desastrosa política económica del presidente Alfonsín generó una hiperinflación y estallidos sociales solo comparables con la hecatombe económica y financiera del 2001. Cafiero no era más que el representante de un partido vetusto que cumplía la función de apoyar desde su rol de oposición al gobierno radical (algo así como una oposición responsable) En cambio Carlos Saúl desde su “Menemóvil”, prometiendo “salariazo” y “revolución productiva”, pronto se instaló como la opción esperanzadora para un pueblo destruido por los años de la dictadura militar y el fracaso económico del “Plan Austral” y el “Plan Primavera” del alfonsinismo.

El 14 de mayo de 1989 Menem ganó las elecciones presidenciales con un poco más del 47% y sacándole a el candidato radical, el cordobés Eduardo Angeloz, más del 10%. Diecisiete días después hace el primer pacto con Raúl Alfonsín, que consistió en adelantar el traspaso presidencial de manera ordenada y sin consecuencias para ambos. El 8 de julio el hombre de Anillaco asume la presidencia y, ante la Asamblea Legislativa, pronuncia un discurso y dice: “Yo no traigo la simulación ni el engaño. Hay que decir la verdad, de una vez por todas. La Argentina está rota. El país está quebrado, devastado, destruido, arrasado. Yo quiero ser el presidente de la Argentina de Rosas y de Sarmiento, de Mitre y de Facundo, de Ángel Vicente Peñaloza y Juan Bautista Alberdi, de Pellegrini y de Yrigoyen, de Perón y de Balbín. De ahí que haya asumido la firme convicción de convocar a hombres del más variado pensamiento nacional, para integrar mi gobierno. Lo sé muy bien: muchos compañeros hoy manifiestan asombro ante esta generosa convocatoria. A todos ellos les digo: unidad no significa uniformidad. Unidad no significa obsecuencia. Unidad no significa confusión. Creemos en la justicia social, la soberanía política y la independencia económica. Pero también creemos en imprescindibles actualizaciones, y en el enriquecimiento de ideas nuevas y de iniciativas creadoras. Esta economía de emergencia va a vivir una primera instancia de ajuste. De ajuste duro. De ajuste costoso. De ajuste severo. Desde el Estado nacional vamos a dar el ejemplo, a través de una cirugía mayor. Vamos a ser generosos y amplios para convocar al capital extranjero y nacional. La soberanía pasa por la liberación de todos los recursos y potencialidades del país. No vamos a reconocer ningún tipo de frontera ideológica para el manejo de nuestra política exterior Hoy le estamos poniendo punto final a los ideologismos. Vamos a protagonizar un gobierno con autoridad. Argentina, levántate y anda.”

Menem logró el voto masivo por el consenso que le dio del peronismo, la oposición y Raúl Alfonsín

Y entonces todas las banderas históricas de las luchas nacionales y populares del siglo XX en nuestro país fueron arriadas una por una: Indulto a los genocidas, designación de ministros responsables del saqueo del estado como los economistas de Bunge y Born, Alsogaray, Cavallo y demás delincuentes al servicio de los negocios privados y extranjeros,  remate a precios viles a favor de capitales privados de las empresas y activos del Estado, desocupación, caída del salario, endeudamiento sostenido y sistemático para financiar la ilusión de que un peso valía igual que un dólar, relaciones carnales con los Estados Unidos, adhesión incondicional al Consenso de Washington, cierres de empresas, flexibilización laboral, corrupción y latrocinios en todos los estamentos del Estado, farandulización de la política, reivindicación de golpistas y asesinos como Isaac Rojas, las bombas en la embajada de Israel y la Amia, participación militar en las guerras del golfo, venta ilegal de armas por parte del Estado y estallido de polvorines con armas en Río Tercero, reducción al financiamiento de la educación y propuesta de arancelamiento, destrucción de las jubilaciones por un sistema perverso de AFJP, represión en las calles y toda una generación de jóvenes sin trabajo, sin estudio, sin futuro. Y muchas enormidades que conocen quienes las vivieron y por estas horas se puede leer en redes y diarios.

Sin embargo Menem fue votado masivamente tres veces, ¿por qué? Por un lado, porque la aparente estabilidad que proporcionaba eso de que un peso valiera un dólar compró la voluntad de la siempre acomodaticia clase media que realmente usufructuó de esa ventaja; porque el apoyo de las clases altas y oligárquicas terratenientes que hacían negocios sin regulaciones ni control fue incondicional y, también, porque los sectores populares nunca dejaron de considerarlo como un referente carismático, como pocos. Pero por otro lado, y acaso esta sea la razón principal de su autoridad e impunidad en el gobierno para hacer cualquier cosa, Menem logró el voto masivo por el consenso proporcionado por todo el peronismo y por los dirigentes y partidos de todo el arco político opositor y, fundamentalmente, por el propio Raúl Alfonsín, con quien selló en 1994 un segundo pacto que le dio a Menem la posibilidad de ser reelegido a cambio de algunas ventajas institucionales para la UCR en la reforma de la Constitución.

El menemismo fue la continuidad del modelo iniciado por la Dictadura Militar. Y el gobierno de Macri y la UCR su lastimoso epílogo y homenaje

La resistencia de los 90 fue masiva y heroica en calles, también en el arte y el periodismo con el diario Página 12 a la cabeza, pero marginal en lo electoral y político. La complicidad política fue muy fuerte y pocos se animaron a enfrentar al gobierno. Podemos mencionar a Pino Solanas que en mayo de 1991 fue baleado en las piernas, a Luis Zamora que insultó en la cara al presidente George Bush cuando fue al Congreso, a Norma Plá, una jubilada que logró que Cavallo mostrara sus lágrimas de cocodrilo en televisión,  y al grupo de los 8 diputados encabezados por Germán Abdala y Chacho Alvarez que construyeron una opción (con el Frente Grande primero y luego con el Frepaso) dando debate al oscurantismo menemista en los privatizados medios de comunicación.

Para describir cómo entregó el país Menem a De La Rúa en 1999, podemos usar las mismas palabras de su discurso de asunción: una Argentina rota. Un país quebrado, devastado, destruido, arrasado, que terminó por estallar dos años después en la cara de todos los argentinos.

Claramente el menemismo fue la continuidad del modelo iniciado por la Dictadura Militar el 24 de marzo 1976 y el gobierno de Mauricio Macri y la UCR su lastimoso epílogo y homenaje. Quienes hoy lamentan su muerte y ensayan algún reconocimiento, no hacen más que mostrar su complicidad con esos años atroces y también, tal vez, justificar de algún modo sus culpas. En cambio para quienes los 90 fueron años de mentiras, dolor y tristezas, para esa gran mayoría que la pasó mal, muy mal y se vieron obligados a resistir esos años con militancia y lágrimas, la muerte del principal responsable de ese país devastado que aún hoy sufrimos, solo trae a la memoria la bronca de haber padecido un engaño, una estafa que arruinó años de nuestras vidas.

Sergio Carciofi, febrero 2021