¿ES JUSTO EL APORTE SOLIDARIO DE LAS GRANDES FORTUNAS?

Hace miles de años un filósofo griego, que conocemos con el nombre de Aristóteles, escribió que “la justicia radica en cierto tipo de igualdad”. Difícilmente podamos encontrar alguna definición que supere esta sentencia. Se podrá debatir y seguir acumulando más libros a las toneladas de libros que se escribieron y escriben sobre la “justicia”, pero, en mi opinión, esta reflexión seguirá inevitablemente marcando el pulso de la cuestión.

Cuando el estagirita habla de “cierto tipo de igualdad”, es porque admite el hecho de que ciertamente no todos somos iguales. Nos diferenciamos en fortuna, en virtudes, en talentos, en belleza, en altura, etcétera… Sin embargo, en el momento en que los seres humanos decidimos vivir en comunidad, también asumimos que lo que nos diferencia no puede por sí otorgar privilegios a los distintos por sobre los demás, porque sería injusto. Por ejemplo, sería injusto que en una comunidad los altos, por ser altos,  gobiernen y se les conceda privilegios sobre otros que no son altos.

La justicia es una virtud relacionada con la comunidad, Aristóteles.

El punto es que “la justicia es una virtud relacionada con la comunidad”. Es decir: porque vivimos en comunidad, tenemos justicia. Y, si tenemos justicia, los ciudadanos tenemos por tarea darnos un trato igualitario.

Pero esto que los griegos expresaban en su filosofía, también nuestros paisanos los indios lo practicaban de hecho en nuestras pampas. Cierto día el Coronel Mansilla, en su excursión a los indios ranqueles, tiene la siguiente conversación con un lenguaraz del Cacique Baigorrita: “¿Y cuánto vale una vaca? No tiene precio ─le dice el indio─ ¿Cómo no tiene precio? ─pregunta Mansilla─ Y, cuando es para comercio depende de la abundancia, cuando es para comer no vale nada, la comida no se vende aquí se le pide al que tiene más. De modo que los que hoy tienen mucho pronto se quedaran sin tener que dar ─reflexiona Mansilla─ No Señor, porque lo que se da tiene vuelta. ¿Qué es eso de vuelta? Señor es que aquí el que da una vaca, una yegua, una cabra o una oveja para comer, la cobra después, la que la recibe algún día ha de tener. ¿Y si se le antoja no pagar? No sucede nunca. Puede suceder, sin embargo ─dice Mansilla y el indio piensa un poco y le contesta: Si podría suceder, sí Señor. Pero si sucediese, el día que a ellos le faltase nadie les daría”

El aborigen no titubea, confía en la simpleza y solidez de su argumento porque es natural, es lo que siempre sucede cuando se vive en comunidad: quien no tiene le pide a quien tiene y quien tiene le da a quien no tiene.

Esta es la filosofía final, básica y el trasfondo de cualquier economía, presupuesto y sistema impositivo de una comunidad. Sin embargo, en la conciencia media de nuestra civilización actual se da por hecho que quien no tiene, no tiene porque no quiere trabajar y porque son vagos. Si quieren plata vayan a laburar, yo me rompo el culo laburando para que estos vagos vivan de mis impuestos, se dice. En definitiva nuestra sociedad, nuestros presupuestos, nuestros sistemas impositivos siempre exigen retribución a quienes no tienen. Para los ranqueles distribuir ingresos es darle a quien no tiene, para nuestra “civilización” distribuir el ingreso es darle a quien tiene y a quien no tiene mandarlo a laburar para que le dé más al que tiene. Entonces, pienso que tenía razón Mansilla en su duda: puede suceder que quienes recibieron alguna vez (los que poseen las grandes fortunas) se les antoje no pagar.

Y la verdad es que quienes ostentan las grandes fortunas de la Argentina nunca pagaron, más bien acumularon las tierras de todos aquellos aborígenes y también las tierras de todos aquellos trabajadores, obreros, empleados de quienes recibieron su fuerza de trabajo para obtener rentas extraordinarias. Así esa deuda con la comunidad fue creciendo y así toda nuestra historia es una gran deuda que aún hoy se resisten a pagar.

Los tributos nunca amedrentan a la codicia del comercio, Napoleón.

Pero esta resistencia a pagar o a dar al que no tiene mediante un aporte solidario, como es el caso, ¿dónde se fundamenta? Si una ley impone el tributo, debe cumplirse aunque no quieran, porque la ley es el modo en que las comunidades se organizan mediante reglas que todos deben respetar. Napoleón Bonaparte da en el clavo, el Gran Corso sostenía que “los tributos nunca amedrentan a la codicia del comercio”. Se trata entonces de un impulso individual y egoísta que resiste hasta las reglas básicas de la comunidad en que las grandes fortunas también conviven. Por esta razón, volviendo a los griegos, Aristóteles afirmaba que “quienes son superiores en fortuna no desean ni saben ser gobernados, no saben someterse a ningún poder sino solo ejercer un dominio despótico”. De modo que es válido concluir que, en la búsqueda de igualdad en la comunidad, es condición necesaria y suficiente que quienes poseen grandes fortunas no gobiernen y, al mismo tiempo, es un deber de quienes gobiernan la comunidad que se les haga cumplir por la ley lo que no desean ni saben hacer los ricos, es decir pagar un aporte solidario a la comunidad en que viven aunque no quieran.

Si, como nos enseñan los griegos,  la justicia es un bien político que coincide con el interés común, la búsqueda de igualdad en toda comunidad es la realización misma de toda justicia. Sin embargo, como decía Juan Bautista Alberdi, “los intereses económicos nos gobiernan a todos y su impulso y corriente es más fuerte que toda autoridad”. En definitiva, no dudamos que el aporte solidario a las grandes fortunas es justo, pero tampoco dudamos que los intereses económicos insistan en no pagar, y tampoco en someterse esta vez a la autoridad de la ley de la comunidad que tanto les dio.

SFCarciofi, 22/11/2020