La Política vs La Comunidad

Foto: Caricatura de un político, verdadyvida.org

La política (no lo político, que es lo propio de la comunidad) consiste básicamente en un ejercicio de tensiones rizomáticas, algo así como un despliegue de relaciones y multiplicidades cambiantes, sin dirección, que tiene el centro en todas partes y la circunferencia en ningún lado. Dicho de otro modo: la política es la puesta en práctica de habilidades que disputan tensiones, en el ámbito donde los egos están en todas partes y el proyecto común en ningún lado.

Este domino de la política, por así decirlo, se da de un modo patológico que contradice toda normalidad. Las relaciones políticas se disparan, aunque sin enredarse, en múltiples direcciones y, de modo frenético, se extiende sobre infinitos puntos que, a su vez, generan nuevas tensiones y relaciones que no conducen a nada. Nada que no sea retroalimentar permanente y sostenidamente este juego vertiginoso de la política.

Podemos decir que un político vive a veinte centímetros del piso y a mil kilómetros por hora. Nada lo detiene y se desvive por permanecer en el campo de acción donde se desarrolla este juego, que es el terreno de Lo público, el nexo necesario con lo político. Lo público es el ancla que estaciona a un político en el puerto de la comunidad. Allí es donde va a buscar el combustible para seguir jugando, ahí es donde escarba para obtener el apoyo, los votos, sus compañeros, en definitiva la amistad.

En la política solo prevalecen y crecen enemigos

La amistad es acaso algo que, como decía Aristóteles, tiene que ver mucho con la conformación y el mantenimiento de una comunidad. La amistad perdona errores, otorga lealtad, ofrece y se entrega sin exigir nada a cambio. La amistad se alinea sin pedir explicaciones. Es la amistad la virtud que el político necesita para crear mesetas, puntos de encuentro, lugares de apoyo en la carrera vertiginosa y desalmada que le exige la política.

Pero si la amistad está en la comunidad y la política solo accede a ella por intermedio de lo público, el tránsito desgasta a la amistad cuando es llevada hacia el lodazal donde se disputan las tensiones de la política y termina por perderse y convertirse en lo contrario: en enemigo. Por esa razón, en la política solo prevalecen y crecen enemigos. Los enemigos caídos, los que quedaron afuera de la política, pueden luego volver a ser amigos o no; y los amigos atraídos al juego de la política pueden luego ser enemigos o no. Es decir, el político no tiene principios, pertenencias, ni lealtades. Es intercambiable, hoy puede ser tu amigo, mañana tu enemigo y visceversa.

Julio Argentino Roca, uno de los políticos más brillantes de nuestra historia, tenía bien claro esto. Mientras estuvo en el ámbito de la comunidad, ejerciendo su rol de militar, se ocupó de hacerse de muchos amigos. El mismo llamaba amigos a sus aliados políticos. Así supo tejer el apoyo que lo llevó luego a la presidencia de la República. Pero una vez echado al juego político también pudo ver cómo muchos de sus amigos, como por ejemplo Juárez Celman, se transformaron en enemigos.

Lo político trae consigo el fin que nos llevó a vivir en comunidad: que todos vivamos bien

Juan Domingo Perón, buscando desafiar los principios de la política, concebía a la amistad como “la gran fuerza aglutinante en toda lucha”. Buscaba básicamente que lo político (el proyecto de la comunidad) prevalezca sobre la política (el egoísmo desenfrenado, sin destino y sin proyecto del político). Decía que si esto podía lograrse, se llegaría a la comunidad organizada. Es decir, Perón anunciaba que cuando todo proyecto de lo político ─de lo que es propio de la comunidad─ prevalezca, “la amistad será su consecuencia”. Entonces, si la acción de la comunidad (de lo político) solo genera amistad, por consiguiente la política  ─el juego de habilidades que transforma a los ciudadanos en enemigos─ habrá perdido su puerto de anclaje, su alimento y también su sustancia, su objeto, su razón de ser.

En definitiva, como hemos dicho en otra parte, la política entonces no guarda ninguna relación o, si se quiere, permanece divorciada de la claridad que proporciona un proyecto de lo político que, por definición, trae consigo el fin que nos llevó a vivir en comunidad: que todos vivamos bien. Y el campo de lo público, en tanto sirva como campo de acción de la política, permanecerá al mismo tiempo cada vez más separado de la situación de la comunidad y retirado hacia su representación.

Pienso en muchos amigos y amigas que dan y darán batalla aún en el barro sanguinolento de la política, ellos deberán saber que amigos hay pocos por ahí. Pero también no deberán olvidar que la razón por la que están corriendo esa carrera es la misma que reclaman los trovadores de la comunidad: llegar alguna vez a tener un millón de amigos.

Sergio Carciofi, 12/5/2020