LA ESTELA DEL CORONAVIRUS

El ojo blindado que me has regalado
Me mira mal
(Luca Prodan)

Prohibición para circular por el territorio nacional,  permiso de circulación obligatorio para mayores de 70 años, fajas en las viviendas de infectados, toques de queda, militares cumpliendo funciones en las calles, cierre de fronteras provinciales, imposibilidad de concurrir al trabajo, cierre total del Poder Judicial, inacción total del Poder Legislativo y delegación absoluta de hecho al Poder Ejecutivo, entre otras medidas que ―dicho sea de paso contradicen abiertamente al menos los artículos 14, 14 bis, 19, 28, 29, 31 de la Constitución Nacional― fueron tomadas para enfrentar la pandemia del COVID-19 declarada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) el 11 de marzo de 2020.

¿Son buenas, son malas, las medidas tomadas por los ejecutivos nacionales, provinciales y municipales? Lo sabremos en función del éxito o fracaso en combatir el virus.

¿Contradicen la Constitución y las leyes vigentes? Sí, claramente.

No juzguemos esta situación como buena o mala. Pensemos en el mundo en que estamos parados

La población, ¿acepta resignar sus derechos y garantías en pos de vencer el virus con las medidas adoptadas? Algunos sí, otros no. Aunque al parecer hay una aceptación generalizada. ¿Hay una aceptación generalizada…? Detengámonos en éste interrogante: Sabemos que a opinión de la mayoría, en última instancia, la conforman un gran bloque de indecisos que terminan de aceptar tal o cual medida o decisión por la información que básicamente reciben de las redes sociales. Después del escándalo de Cambridge Analytica (la empresa contratada por Donald Trump para manipular el voto de los ciudadanos estadounidenses mediante el uso de los perfiles de Facebook, y que también contrató Macri para su campaña), sabemos que los gigantes tecnológicos como Facebook, Google o Amazon son propietarios de los datos de todos sus usuarios y no responden ni rinden cuenta a nadie. De modo que sus aplicaciones son la puerta de entrada a un espacio de decisión y control que puede estar a disposición de cualquiera, en cualquier momento y, lo que es temible, para cualquier propósito.

Ahora bien, si por un lado la fuerza comunicacional de las redes sociales manipulan la voluntad de las personas sin control de nada ni nadie y, por otro lado, todos los mecanismos y dispositivos de derechos y garantías ciudadanas de los países pueden ser suspendidos, sin importar si contradicen las constituciones y leyes vigentes, ¿qué queda de la libertad ciudadana y su democracia?

Hoy, hace una hora, en este instante cada uno recibió o está recibiendo en su WhatsApp o perfil de Facebook, Instagram, Twitter o en sus correos electrónicos alguna información de imposible verificación del emisor, que le dispara una opinión, un me gusta, o simplemente comparte o ignora o comenta aún incrédulamente. Al mismo tiempo, no puede salir de su casa, si sale a pasear el perro corre el riesgo que la policía lo maltrate y golpee (hay muchos casos), tampoco puede ir a trabajar fuera de su casa, ni circular por el territorio nacional. Si quisiera protestar o hacer valer su derecho que cree afectado, tampoco puede porque no tiene jueces que lo atiendan. Ni hablar si tiene la mala suerte de tener 70 años.

La humanidad vive su momento de mayor fragilidad: sin conciencia libre, sin libertad y amenazada de muerte

Podríamos hacerlo pero, por un momento, intentemos no hacer valoraciones. Es decir, no juzguemos por ahora esta situación como buena o mala. Pensemos en el mundo en que estamos parados. Se trata de un mundo donde fácilmente la voluntad puede ser manipulada y los derechos suspendidos sin más. La pandemia que vivimos lo pone en evidencia. Podemos concluir que la humanidad vive su momento de mayor fragilidad: sin conciencia libre, sin libertad y amenazada de muerte. ¿Qué hacemos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué nos espera? No lo sabemos, pero claramente depende de nosotros, ¿de quién más?

Por lo pronto, debemos asumir que la interconexión comunicacional es global e inevitable, que supera a los gobiernos y a los propios dueños de las empresas tecnológicas, y que necesitan un límite que resguarde nuestros datos para que no sean objeto del interés de nada ni nadie. También tenemos que reconocer que nuestras instituciones políticas no funcionan, de hecho no tienen el poder para actuar en situaciones en que la sociedad más la necesita. Si no pueden lo más, ¿en qué medida podrán lo menos, es decir hasta donde son idóneas en la normalidad? Habrá entonces que modificarlas o cambiarlas urgentemente. En cuanto a la pandemia, pasará y, como un gigante meteoro, dejará una larga estela de incertidumbres, temores y posibilidades redentoras; pero también el desafío de no dejarnos caer en una nueva era de sometimientos, exclusiones y autoritarismos.

SFCarciofi 19/4/20