Coronavirus, la pandemia que lo cambiará todo.

El informe sobre la pandemia que el presidente Alberto Fernández presentó a los gobernadores el pasado jueves 19, prevé, en el mejor de los casos y si las medidas adoptadas dan resultados positivos, que al principio del mes de junio se llegue a un total de 250.000 infectados con coronavirus y, en el peor de los escenarios, en caso que no se lograra un nivel alto de acatamiento de la población de las medidas adoptadas “el riesgo se elevaría, de manera tal de producir un colapso del sistema de atención, con un número esperado de casos que superaría los 2,2 millones para el mes de junio”.

El informe es tan impactante y contundente, que de manera inmediata todos los presentes acordaron suscribir el Decreto 297/2020 y disponer el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio en todo el territorio nacional.

Rápidamente, por un lado, comenzaron las campañas de concientización para que toda la población entienda que la única vacuna disponible es quedarse cada uno en su casa y, por otro lado, los trabajos para dotar al sistema de salud del mayor número posible de  camas y respiradores que se puedan conseguir.

La vertiginosa evolución de la pandemia en el mundo y en Argentina, sin dudas nos obligará a extender varias semanas más el aislamiento y, vayámoslo asumiendo desde ahora, será una preocupación de primer orden al menos en todo el año.

Ante este estado de situación, donde en 15 días la vida cotidiana pasa de la normalidad a un estado de guerra, la reacción de la población nos muestra diversos comportamientos o niveles de concientización: gente que se encierra y acata, otros que se van de vacaciones y hasta médicos que se ponen a disposición y  otros que lógicamente tienen miedo. En cualquier caso, por ahora, el correr de los días y la realidad nos terminará obligando a todos a adaptarnos a una nueva y aún impredecible forma de vida que (y aprovechemos el encierro para meditarlo) se instalará entre nosotros para siempre.

Paralelamente, a esta catástrofe sanitaria mundial la acompaña y espera una catástrofe económica global de igual o mayor magnitud (hoy se estima que la deuda global triplica el PBI mundial). Esta combinación crítica, mutuamente causal, agravada por el cambio climático, la guerra comercial y los crecientes índices de pobreza y exclusión, pondrán en cuestión y en crisis terminal conceptos primarios de nuestra organización social y política tales como progreso, igualdad, democracia, soberanía, libertad. Y, en consecuencia, es de esperar que veamos agravados los serios problemas sociales de nuestro tiempo. ¿Deberíamos prepararnos para una nueva era de control político y social autoritarios y de pérdidas de derechos?

Lo que nos espera también tiene previsto el reemplazo definitivo del trabajo humano por la tecnología, lo que supone en los inicios una reducción drástica de la población económicamente activa y un descarte social que dispersará la humanidad. La unidad social, los proyectos comunes, la amalgama de intereses, no tendrán una manifestación fraternal sino que presentarán una nueva mediatización, un muro más, que mantendrá equidistantes a las personas: Estado, representación gubernamental, economía, medios de comunicación y ahora tecnología. Lo común se dispersa y más allá de la metáfora de Borges en La Esfera de Pascal: el centro no estará en ningún lado y la circunferencia tampoco.

El futuro ya no es nuestro y lo sabemos. Es urgente volver a confiar en nosotros y en lo que fuimos. Si realmente todo será como parece que ocurrirá inexorablemente, lo único que podemos hacer para salir de esta mierda es apelar otra vez a la fuerza constructora de la solidaridad, la única puerta de salida que nos queda. A propósito, si queda algo que decir para que entremos en razón, me gustaría quedarme con una cita de uno de los mejores de los nuestros: “Si tuviera que decidirme por un factor aglutinante, optaría por la solidaridad social como fuerza poderosa de cohesión que sólo un pueblo maduro puede hacer germinar”, Juan Domingo Perón.

 

SFCarciofi, 22/3/2020