La DECISIÓN de CRISTINA entre el CAOS y la ESPERANZA

La decisión de Cristina Fernández de Kirchner de ceder su candidatura presidencial a favor de Alberto Fernández, inauguró un nuevo escenario político nacional que puede verse y leerse con mayor claridad ahora, en el actual proceso electoral.

El derrumbe económico y social causado por la administración de Mauricio Macri, encaminó al país hacia una inevitable crisis del orden político.  En la historia reciente podríamos compararla al “que se vayan todos” del 2001. Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de crisis del orden político?

La crisis del orden político es el caos del sistema regulado por las normas y las instituciones. Un caos generado por situaciones extremas, como la hecatombe económica y financiera del año 2001. Un caos que el sistema de normas o sus instituciones no puede resolver, porque en situaciones de caos no hay normas o instituciones que puedan reparar esas mismas normas e instituciones que dejan de funcionar: “No existe una sola norma que fuera aplicable a un caos” (Carl Schmitt, 1934) Se trata de una situación extrema y excepcional donde el orden jurídico pierde validez y queda suspendida su aplicación. La situación de caos exige entonces la necesidad de restablecer el estado de normalidad anterior a la crisis. Pero si no hay normas o reglas que puedan restablecer la normalidad del estado de derecho, ¿qué o quién puede hacerlo?

Es evidente que los planteos institucionalistas, como los que enarbola la tradición del radicalismo, son inútiles para estos casos. Porque, como decíamos, no hay institución dentro del orden de normas que pueda actuar ante el caos. Y la historia reciente lo ha demostrado. Ante situación de crisis no hay defensa de las instituciones que valgan. Por ejemplo, la UCR fue incapaz de dar solución a las crisis políticas que tuvo ante sus ojos: la hiperinflación de los 80, la hecatombe financiera del 2001 o la inminente crisis que puso en marcha junto a su socio político actual. Es más, las normas que rigen el estado de derecho solo pueden ante el caos, suspender el derecho para su propia conservación pero jamás devolverlo a su pleno y normal funcionamiento. El radicalismo, en el mejor de los casos, solo ha podido colaborar con la suspensión del orden para defensa de las propias instituciones y evitar males mayores, como lo hizo Alfonsín al entregar el gobierno cinco meses antes de la finalización de su mandato o De la Rúa renunciando intempestivamente a la presidencia de la nación.

El jurista alemán Carl Schmitt sostiene que solo la decisión soberana extrajurídica puede reintroducir el orden suspendido por la crisis. Una decisión que no solo está sujeta a normas, sino que es la única que crea normas. No es cualquier decisión, es la decisión de un soberano y “soberano es aquel que decide sobre el caso de excepción” (Op. Cit., 1934)

Ante la irrupción del caos, se suspende el estado de derecho. Lo que es normal deja de funcionar y en su lugar rige un estado de excepción. Para volver a la normalidad alguien por afuera de esa normalidad debe decidir el fin de la excepcionalidad y la restitución del orden jurídico. En otras palabras, la decisión es la voluntad de lo político. La potencia de la política solo puede restaurar la normalidad.

Decíamos que la actual crisis económica y social parecía tener un desenlace político caótico. La confrontación electoral entre Cristina y Macri vislumbraba una crisis política cuyas consecuencias nadie se animaba a imaginar. Un nuevo estado de excepción nos esperaba al final del camino. Solo la decisión política por afuera de lo normal podía salvarnos de un caos como en 2001. Esa decisión fue el renunciamiento de Cristina a su candidatura presidencial. Una decisión personal pero soberana, puesto que reencausó el normal curso político del país. Y el valor y la astucia de esa decisión es haber tenido la capacidad de anticipar y evitar el caos que nos esperaba.

Pero lo más interesante de la decisión de Cristina está en el hecho de que en la crisis todo salta a la vista y puede leerse mejor: “En la excepción hace la vida real con su energía saltar la cáscara de una mecánica anquilosada en pura repetición” (Op. Cit., 1934), y entonces lo que estaba oculto y solapado sale a la luz.

De este modo, aquellos que querían sumarse a un proyecto de unidad y miraban de lejos y recelosos a Cristina, con Alberto comenzaron a acercarse; y quienes operaban para evitar toda unidad del peronismo optaron por alejarse.

El armado filo macrista del Peronismo Federal estalló por los aires, el senador Pichetto se sacó el disfraz de abuelita y mostró los dientes, la jefa del bloque de diputados del Frente Renovador, Graciela Camaño, volvió a las filas de sus marido refunfuñando por no haber podido sostener, lo que estaba llamada a garantizar, la división del peronismo. El mismo Massa tuvo que recalcular para sostener a su importante estructura partidaria que pedía a gritos sumarse a la unidad opositora. Y hasta Macri se vio obligado a encajonar el arsenal propagandístico preparado por Marcos Peña y Durán Barba, para acudir al auxilio de sus peronianos relegados como Cristian Ritondo, Rogelio Frigerio y Emilio Monzó.

Todo ahora se percibe más claro. La decisión de Cristina reencausó el orden político del país y puso a los actores nuevamente sobre el escenario. Atrás quedó la monocorde sobreactuación de emociones y pasiones que espetaban el “se robaron todo” contra el “no fue magia”, para devolverle el protagonismo a la política.

Cristina y su decisión hicieron que allí, donde nos esperaba el caos, nos convoque una nueva esperanza.

Sergio Carciofi