¡Alfonsín, sí! ¡Macri, no! ¡El Peludo, sí! ¡El Pelado, no!

En génesis política del radicalismo persisten por naturaleza componentes revolucionarios, románticos y populares pero también liberales, conservadores y oligárquicos, unidos en 1890 por la Revolución del Parque y separados luego por el acuerdo entre Rocca y Mitre en las elecciones presidenciales de 1892.

Los radicales nacieron, por un lado, con la fuerza de un tipo como Alem, “con pasta de poeta, de caudillo y de mártir […] de bravo hasta la temeridad, de desinteresado hasta la miseria” (Balestra), claramente una personalidad que no dudo en comparar con Ernesto Che Guevara y, por otro lado, con la prosapia política de un tipo como Mitre, siempre propenso a sus ambiciones, a su egocentrismo y sus conveniencias.

A comienzo del siglo XX esa genética volvió a ponerse de manifiesto en la revolución de 1905. Una revolución trabajada por Hipólito Yrigoyen “con dulzura, con calor, con energía invocando el honor, la gloria, la Patria [con] el timbre persuasivo de su voz” (R. Larreta) Un plan revolucionario que no tuvo éxito inmediatamente pero que logró reconstruir la UCR para obtener luego en 1912 una reforma electoral pactada con su lado liberal conservador, algo así como un Pacto de Olivos.

Con el sufragio universal ambas corrientes radicales gobernaron hasta 1930. Aunque en el medio, con Marcelo T. de Alvear, el partido radical volvió a romperse. El viejo “acuerdo” con Mitre, ahora acuñaba un nuevo término para referenciar el pacto con los conservadores: “contubernio”. En adelante la disyuntiva fue Yrigoyen o Alvear, irigoyenismo o contubernistas, peludos como Yrigoyen o pelados como Alvear.

El carácter popular de Yrigoyen es fácilmente comparable con Perón o Cristina Kirchner. Don Hipólito luego de entregarle la banda y bastón presidencial a Alvear el 12 de octubre de 1922 es despedido por una muchedumbre que lo vitorea y lo acompaña caminando por Avenida de Mayo, cuando al mismo tiempo el flamante presidente Alvear solamente recibe saludos de rigor.

Alvear fue un aristócrata radical que tuvo una activa participación en el partido desde sus inicios. Luego de la revolución del 93 se fue a vivir a París y en 1907 se casó con la portuguesa Regina Pacini, una famosa soprano. Aun siendo ministro plenipotenciario, confrontó desde Europa con la política internacional de Yrigoyen y, al ser electo presidente, fue aclamado y reverenciado por todas las potencias y por el diario La Nación, que dijo: “Debemos felicitarnos de la designación del doctor Alvear […] llamado a restablecer el imperio del régimen constitucional y de la libertad política, después del eclipse que han sufrido bajo el providencialismo de los últimos años”.

Alfonsín fue una excepción que sobrevivió en el radicalismo mientras vivió.

Con el correr del siglo XX el radicalismo ya no abandonaría esta tendencia alvearista, contubernista. Con la aparición del peronismo, el partido pactaría con el embajador de Estados Unidos para encabezar la fórmula que enfrentó a Perón en las elecciones de 1946. Después de la autodenominada Revolución Libertadora avalaría los dieciocho años de proscripción del peronismo. Sin embargo, muchos radicales que reivindicaban la tradición popular del partido, nucleados en FORJA durante la Década Infame, se incorporaron al peronismo.

Alfonsín fue una excepción que sobrevivió en el radicalismo mientras vivió y su figura reinstaló el carácter popular y hasta romántico del radicalismo. Hasta se animó a dar un paso trascendente para darle a la UCR su causa final: el tercer movimiento histórico. De haberlo logrado hubiera sellado definitivamente el carácter que quisieron imprimirle al partido Alem e Yrigoyen. Su fracaso desintegró para siempre la finalidad original perseguida durante más de cien años.

Hoy la Unión Cívica Radical ya no puede por sí misma, el contubernio no solo se impuso internamente sino que también desintegró aquella ala revolucionaria que supo darle potencia popular. No son los votos los que lo llevan al gobierno, son los acuerdos con la versión neoliberal de aquellos conservadores que supo con éxito combatir. Tampoco participan de las decisiones, ni logran imponer su impronta. Sin causas, sin finalidades, sus dirigentes solo se esmeran en mantenerse en municipalidades y provincias.

Tal vez la prueba de todo esto pueda verse en la última convención que definió por abrumadora mayoría apoyar la reelección de Mauricio Macri, y cuando su gobierno está llevando al país a una crisis social y económica solo comparable con el 2001. Allí se escucharon estertores de viejos enfrentamientos: ¡Macri, sí! ¡Macri, no! La diferencia es que en otros tiempos había un Alem que recogía el guante cuando lo acusaban despectivamente de ser radical e intransigente o un Yrigoyen que impulsaba revoluciones, se negaba a asumir cargos y honores y trabajaba hábilmente tejiendo acuerdos para vencer al régimen conservador.

A la luz de los hechos aquellas dos vertientes originales no lograron una síntesis, pero no vamos a decir que no fueron exitosos. Debemos reconocerles, porque nos consta, que los radicales intransigentes de Alem e Yrigoyen no se doblaron y que los radicales acuerdistas y contubernistas de Mitre y Alvear lograron una vez más romper el partido.

Sergio Carciofi