eL aRTe No eS uNa CueSTiÓN De Fe, por Vanina González

En mi recorrido como artista plástica en varios momentos me vi justificando para qué hacía lo que hacía frente a la pregunta de otros; para qué pintaba, para qué reunirnos con otros artistas, para qué montar exposiciones colectivas, para qué pintar en vivo, para qué llevar el arte al espacio que compartimos con nuestros vecinos, para qué dotar a una vieja pared de arte bajo un concepto que interpele a quien la observe, para qué armar un escenario y convocar a músicos locales, para qué esa escultura, para qué esos tarros que iluminan, para qué esos cuadros en una vereda, para qué esos girasoles en el piso, para qué esa escultura en la puerta de un colegio… ¿Para qué?

La pregunta es  incómoda. Principalmente porque nadie le pregunta a un docente, ni a una médica, ni a un albañil para qué hace su trabajo porque el resultado de sus profesiones es fáctico, palpable, está ahí: Sabemos leer porque un docente nos enseñó, el médico te salvó la vida, el albañil construyó la casa donde vivís.

En cambio el arte… ¿Para qué?

Desde Platón hasta acá el arte produce sospechas y descreimiento sobre su valor.

Desde la Teoría se le atribuyen variadas funciones, entre ellas la didáctica, la estética o la ideológica, pero ninguna parece alcanzar como explicación. Aún cuando estemos transmitiendo conocimiento a través de una obra –realizándola u observándola-, haciendo una pequeña parte del mundo un lugar estéticamente hermoso desde la arquitectura, o convocando a una revolución con una canción.

El cuestionamiento no es nuevo y posiblemente se continúe formulando hasta la eternidad. Desde Platón hasta acá el arte produce sospechas y descreimiento sobre su valor. Testigos claros son una multitud de artistas que a través de la historia han luchado para que sus obras sean valoradas y solo han conseguido rechazo. O lo peor, la puesta en valor de sus obras sucedió post mortem.

Quizás uno de los casos más icónicos sea el de Vincent Van Gogh que solo vendió un cuadro durante toda su vida, su pintura era catalogada como de principiante y  vivió en la extrema pobreza, pero hoy cada una de sus pinturas vale más de 60 millones de dólares. Tanto Claude Monet como Paul Cézanne, o mejor dicho, todos los impresionistas, fueron considerados “locos” en su momento y sus obras criticadas, rechazadas e insultadas. 100 años después se convirtieron en las mejores valuadas en el mundo del arte.

En 1956, Andy Warhol donó una de sus obras (Zapato) al Museo de Arte Moderno de Nueva York. Poco tiempo después, el director del museo, le escribió una carta a Warhol rechazando su obra (¡regalada!) “porque no había suficiente espacio en el almacén de la galería”. El Museo de Arte Moderno actualmente cuenta con 168 de las obras de Warhol en su colección privada, incluyendo Zapato.

La Casa Batlló de Antonio Gaudí ahora se encuentra catalogada como Bien Cultural de Interés Nacional y Patrimonio Mundial por la UNESCO. Pero en su momento fue rechazada por las autoridades municipales y criticada por la ciudadanía. Algo similar ocurrió con las pirámides del Louvre: En 1983, Ieoh Ming Pei fue designado para acondicionar el museo y diseñó la pirámide con el acceso que se abrió en marzo de 1989, año del bicentenario de la Revolución Francesa. Su proyecto que rechazado por la opinión pública y el arquitecto recibió graves acusaciones, aunque hoy todo aquel que visite París tiene una foto en la Torre Eiffel y otra en la entrada del Louvre con la antes desprestigiada pirámide.

Vanina González

Lamentablemente en el momento de gestación de las obras, cuando los proyectos se están ejecutando, cuando los y las artistas están creando, esta pregunta aparece para catalogar de estéril cualquier esfuerzo de transformar este mundo en un mejor lugar. La historia pocas veces cuenta cuántas magníficas obras han quedado en el camino por ser tildadas de inútiles, extravagantes o un gasto innecesario.

Y aquí se devela lo más importante: El arte no es una cuestión de fe, no se trata de creer o no en él, sino de entender hasta qué punto nos constituye a lo largo de nuestras vidas, en lo individual y en lo colectivo. En las comunidades el arte es generador de experiencias compartidas, es aglutinador de emociones entre su gente, y definen nada menos que la identidad de un pueblo.  Somos la música que escuchamos, el teatro que vemos, la pintura que apreciamos, los versos que oímos, el lugar que habitamos con sus edificios y sus calles. Pero sobre todo somos la emoción que cada una de estas cosas nos provoca y eso termina por constituir nuestra identidad.

Para quienes vivimos y trabajamos para el arte, la pregunta de “para qué” no es solo incómoda sino simplemente descabellada. Pero como dijo el escritor y crítico de arte Julius Meier-Graefe: “Todas las obras maravillosas son trofeos de una lucha ganada” y parte de nuestro trabajo como artistas no es otro que dar pelea.

 

Vanina Del Valle González es Lic. En Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata, es artista plástica y Subsecretaria de Arte de la Municipalidad de Carlos Casares.