Una maravillosa adicción, por Lilian Ivachow

Love (2016). Estados Unidos, 30 min.

Temporadas 1, 2 y 3  disponibles en Netflix.

Dirección  Judd Apatow

Guion: Lesley Arfin, Paul Rust

Con Gillian JacobsPaul RustClaudia O’DohertyDave AllenSteve Bannos, Chris WitaskeChantal Claret

 

No es difícil identificar los elementos que despiertan el encanto de Love. Dos actores con una química increíble como Paul Rust y Gillian Jacobs, un timing perfecto, situaciones hilarantes en los momentos menos pensados. Cada episodio  explora a través de las perspectivas de Mickey y Gus la forma en que  hombres y mujeres nos vinculamos en el mundo de hoy; nuestras obsesiones, dudas, miedos pero también nuestros comportamientos a veces irracionales, enigmáticos e impredecibles.  

Love está dirigida por Judd Apatow  y escrita por Paul Rust y Lesley Arfin,  una de las guionistas de la serie de Girls (también producida Apatow). Para Arfin, el hecho de que cometamos errores en nuestra adolescencia no nos exime de repetirlos en nuestra vida adulta. Esta premisa, que tira por la borda cualquier esquema clásico de “aprendizaje” y “superación”, llena a los treintañeros protagonistas de humanidad y realismo.

El amor (valga el término “amor” con el que se atreve el título) resulta la mayoría de las veces enredado, torpe y absurdo. Sus protagonistas son víctimas de una inmadurez emocional que no se supera; se reitera y se padece. La emoción se transforma en conducta y el formato episódico de la serie parece hecho a medida de esta falta de superación.

Quizás la adicción sea el punto sobre el que reflexiona la serie, al fin y al cabo el “amor” -y esa idea ilusoria de que nos salva alimentada por el cine- aparece como una adicción más.

Love es entonces una comedia hecha para Netflix en la que los seres al borde del patetismo no superan  la tontería adolescente. Y si agregamos  el  humor escatológico y genital, podría resultar el blanco propicio para los prejuicios más comunes. Pero detrás de las tramas y de las situaciones simples subsisten los seres más complejos con sus adicciones y contradicciones flagrantes entre lo que dicen y hacen; con las diferentes máscaras que utilizan ante los desconocidos y en la intimidad. Quizás la adicción sea el punto sobre el que reflexiona la serie, al fin y al cabo el “amor” -y esa idea ilusoria de que nos salva alimentada por el cine- aparece como una adicción más. (Vale  aclarar que la serie se ríe de todo, incluso del cáncer, pero nunca se ríe de los grupos de recuperación de adicciones).

Love nos muestra así seres complejos en una Los Angeles en la que abundan los trabajos temporales, los pisos compartidos y la falta de perspectiva. Esta ciudad a los pies del gigantesco letrero de Hollywood, se describe con dinamismo y un gran sentido de la realidad. Sucede que Judd Apatow es director y productor de cine. Es el creador de Ligeramente embarazada, Virgen a los 40 y de la extraordinaria Funny People. Ahora bien; ¿qué es lo que marca una diferencia cuando decimos  que Love está hecha por un director de cine? O sin tanta pretensión ¿cómo aparece el cine en Love?

En principio aparece como referencia; Gus y sus amigos hablan todo el tiempo de películas, citan  actores, reconocen locaciones.  Realizan  tours por los grandes estudios a la par de los turistas y todas las semanas se reúnen a componer temas para las películas que no tienen una canción que las identifique. Ya en el primer episodio lo vemos enloquecido tirando por la ventanilla del auto su colección de Blue Rays porque el cine miente, sobre todo cuando habla de amor. Este conjunto de referencias, que va desde Bette Davies hasta Jessica Chastain, podría transformarse en un juego endogámico y cerrado. Pero Apatow va  más allá de este nivel, y nos brinda una puesta en escena con ambición, con encuadres precisos y adecuado montaje interno. Lejos de plantear un esquema de comedia de situación, se las ingenia para incluir persecuciones,  choques, un primer encuentro entre Micky y Gus filamdo desde dos puntos su vista y desplazamientos a otros estados que se acercan a la  road movie  como  cuando todos intentan llegar a Palm Springs y la cámara descubre un Estados Unidos decadente, pobre, no tan común de ver.

En un episodio Gus lleva a Micky a un castillo a ver un show de magia.  Se trata del legítimo The magic castle, un club privado al que solo pueden asistir sus miembros e invitados. En otro momento, la lleva a una enorme mansión hollywoodense que perteneció a una niña-actriz. Gus tiene que cuidarla y ocuparse de los perros. Nos instalamos en la mansión y la palpamos por dentro, sentimos la suntuosidad, la frialdad y el mobiliario de época. Incluso los vestidos, que Micky despliega y toma en posesión.Ya hace muchos años que Horacio Quiroga, fascinado por las incipientes películas norteamericanas que muchos desdeñaban,  mencionaba la “realidad del escenario cuando le preguntaban acerca de los aportes del cine: “la representación de una casa de sólidas y reales paredes, de un barco, de una fábrica, de un cementerio, de una tempestad….todas esas cosas y fenómenos reales, vistos, tocados, habitados y sentidos, con una dosis mínima de ilusión, constituyen la fuerza exclusiva del séptimo arte….”

Pero hay un tercer acercamiento al cine, quizás más extraño y rebuscado. Me refiero a los caminos muchas veces indirectos que establecemos para llegar a una actividad deseada. Sucede cuando llegamos al lugar en el que quisiéramos estar, pero no a la tarea. Esto mismo ocurría en La la land (película que también se adentra en Los Angeles con pasión) cuando Mia (Ema Stone) aguardaba su momento de estrellato mientras trabajaba  en la cafetería de la Warner. La estrategia es básica: estar en el lugar indicado fagocita la llegada de nuestro momento.

Aunque su verdadero interés es realizar thrillers eróticos “al estilo De Palma”, Gus es el tutor de los actores adolescentes de la serie televisiva Witchita.  Su tarea docente en el gran estudio Mar Vista, le permite presenciar grabaciones, foguearse con el medio, empaparse de los proyectos vigentes y proponer (cuando lo dejan) ideas o guiones. Así es que lo veremos fracasar (ya aclaramos que la personalidad le juega en contra) Pero  también veremos el patetismo de la producción televisiva, su pobreza de ideas, la competencia feroz en las cuestiones irrisorias, la inevitable certeza de que las producciones audiovisuales actuales no están en las mejores manos y de que los estudios podrían aprovecharse mejor.

En medio de este entorno decadente en el que subsisten las películas que los protagonistas de Love todavía celebran. Un entorno  al que  quisieran pertenecer  y  que a su vez los despide. No es imposible llegar a la Meca del cine-parecería decirnos Love– pero también posible ser expulsado fácilmente de su maquinaria cada vez menos comprensible.

En estos chispazos brutales de realidad encuentro la módica y placentera grandeza de esta serie.

Lilian Laura Ivachow (noviembre 2018)