Leo Kosoy, un imprescindible.

Un imprescindible, diría Bertold Brecht. Por la tarde del primer día de otoño de 2014 llegó a Carlos Casares para encontrarnos. Su charla, ansiosa por decir lo mucho que podíamos hacer, era aún más acelerada por sus ojos vivaces que, sin embargo, se permitían una generosa pausa para celebrar las coincidencias. Visitamos el Centro Comunitario que El Tero abre todas las tardes para ofrecer la merienda a los chicos del barrio y, tomando mate, le conté de mis tropiezos iniciales en una banca de concejal y de nuestros esfuerzos por llevar a cabo algunos proyectos locales. Me dijo que había fundado una agrupación en Chivilcoy que portaba el nombre de Los Pasos Previos, el título de una novela de Paco Urondo que cuenta el debate y la incorporación de intelectuales jóvenes ante el advenimiento de las luchas revolucionarias latinoamericanas, “una crónica tierna, jodona, capaz que dramática […] ante el surgimiento de las primeras luchas populares”, comentó Rodolfo Walsh. Se le ocurrió el nombre luego de encontrar un ejemplar que su padre había enterrado para que los milicos no lo encontraran y quemaran. Un libro, un nombre, un padre, un escritor militante que dio la vida luchando eran testimonio y prueba de una época que fue contemporánea a nuestro derrotero político posterior: que nos llevó primero a formarnos como militantes en los años ochenta y después a resistir con arco y flecha en los noventa. Este tipo, pensé, había hundido una mano en la tierra y extendido la otra para atar, conectar y rescatar a una generación (nuestra generación) de la exclusión y ninguneo que ahora nos propinaban obscenamente corruptos y soberbios advenedizos sin memoria. En los ochenta pegamos carteles y bajo el poster del Che leímos a Perón, Jauretche, Cooke, Mugica, Urondo, Conti y Walsh; en los noventa resistimos, en las calles, básicas y universidades, ese  neoliberalismo devastador, el desmantelamiento de la militancia y  el desprestigio organizado de la política. Y ahora sueltos y desperdigados, tozudamente insistíamos en nuestras localidades en construir y difundir la ética del movimiento nacional, del peronismo, que no es otra cosa que ayudar al otro y siempre, siempre al más débil. Venía de recorrer muchos distritos y de hablar con varios como nosotros. Su mirada perspicaz de la coyuntura que vivíamos, la proximidad de la elección presidencial (que luego perderíamos), le dio la excusa y el atajo para unirnos. Le regalé un libro que acababa de publicar, que narra, denuncia y prueba los fusilamientos, ordenados por el presidente Sarmiento, de entrerrianos enviados a la frontera con el indio, acá cerquita, entre Casares y Nueve de Julio. Nos abrazamos y me dijo: “gracias por la cordialidad y el compañerismo, y gracias por el libro… Pronto nos volvemos a encontrar”. Supe entonces que no había conocido a un compañero, me había reencontrado con un amigo de toda la vida.

Lanzamos entonces Los Pasos Previos Casares y comprobamos que ya muchos distritos también hacían su presentación de la agrupación. Era momento de juntar a todos y decidimos reunirnos, y nos tocó el honor de ser los anfitriones. Más de cien compañeros de quince distritos de la provincia de Buenos Aires hicieron cientos de kilómetros para llegar a Carlos Casares con el solo llamado de nuestro secretario general. Nos vimos las caras y así quedó comprobada su capacidad descomunal de construcción y conducción política. Nos dijo: “arriba nuestro no hay nadie, nosotros somos Los Pasos Previos”.

Aquel día nos fortaleció la confianza de la amistad y el alivio de saber que ya no estábamos solos y disgregados. El llamado de uno de los compañeros nos movilizaba a todos. Nadie imponía nada ni daba órdenes a nadie, todos y cada uno ayudábamos al otro. Nuestros concejales, merenderos, unidades básicas y listas electorales pudieron potenciarse mutuamente y cada encuentro y reunión era una alegría festejada entre risas y abrazos. Muchos proyectos se hicieron realidad y algunas puertas se abrieron y hasta logramos convocar a dirigentes provinciales y nacionales. La experiencia de Los Pasos Previos quebró barreras hasta ese momento inexpugnables y, por el ripioso y retorcido camino de la dirigencia peronista, rescatamos nuevos amigos y compañeros atascados y maniatados. Nos hizo ver que la reunión de las fuerzas militantes no solo era posible, sino que también era fundamental para la organización popular.

La derrota del peronismo en 2015 generó una implosión de la que no fuimos ajenos, pero él rápidamente comprendió, mucho antes que todos, que era el momento de rediscutir el peronismo creando, recreando y potenciando las organizaciones libres del pueblo de las que hablaba Perón. Hizo todos los esfuerzos para elevarnos a la tarea de ayudar y organizar a los sectores más vulnerables, los primeros que caerían en el desamparo ante la nueva embestida del neoliberalismo. En su Chivilcoy se conectó y sumó a la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) y logró organizar la primera experiencia de la economía popular de la cuarta sección: recicló una fábrica textil en crisis, consiguió máquinas y le dio trabajo a mujeres costureras al amparo de la asociación civil El Sueñero. Su ímpetu lo llevó a proponer al municipio la creación de una dirección de la economía popular para luego replicarla en los demás distritos, pero las mezquindades de los gobernantes no le dieron la posibilidad. Simultáneamente se sentó en una mesa nacional junto con históricos militantes y dirigentes del peronismo y, convencido de la necesidad de ahondar en la formación intelectual y política de los nuevos militantes, trabajó en el proyecto de creación del Centro de Estudios para el Trasvasamiento Generacional “Héctor Tristán”, del que fue cofundador.

Nunca ocupó cargo alguno y no dejó barrio de Chivilcoy sin recorrer, demostrando su solidaridad y compromiso. Su enfermedad, que sobrellevó exaltando más de lo imaginable el sentido de la dignidad, no le impidió seguir viajando y responder al llamado de sus compañeros, aún con cuarenta grados de fiebre. Los Pasos Previos sintetizan un legado político sano, generoso y profundamente honesto. En sus últimos días nos iluminó con sus convicciones y su fe cristiana, que se me ocurre acaso fortalecida en esta tierra por la figura de Francisco y su compromiso político con los pobres.

El pasado viernes falleció a los 51 años. Nosotros, sus amigos y compañeros, le damos gracias por haber podido ofrecerle estos años de vida para conocerlo. A quienes nos pregunten quién fue, le diremos: militen con humildad pensando siempre en el prójimo, estudien, sean solidarios y honestos, construyan, convenzan y acompañen sin pedir nada a cambio. Luego de hacer todo esto, encontrarán la respuesta. Y a nuestros enemigos, que son los enemigos de la patria, teman, estén preocupados, den por hecho que su destino es la derrota, porque ahora saben que entre nosotros todavía hay quienes luchan toda la vida, como Leonardo Kosoy.

Sergio Carciofi  (mayo de 2018)