FERNANDO PEÑA TIENE ALGO QUE DECIR, por Carina Kosel

Fue un miércoles por la tarde de septiembre del año 2000, en un restaurante de Palermo Viejo. Con un buen tinto de por medio y garabateando, incansable, el mantel de papel madera, Fernando Peña reflexionó sobre el teatro, el sexo, la locura y la vocación, entre otros temas.

Ocho años antes, de la mano de Lalo Mir, Peña había llegado a la radio para dar vida a diecisiete personajes desopilantes. Por esos tumultuosos años 2000, conducía El Parquímetro todas las mañanas en la FM La Metro. Y por la tarde, encarnaba a otras criaturas en la Rock & Pop. Aquel 2 de setiembre estrenó en la calle Corrientes su unipersonal Ezquizopeña,. Y desde entonces, la gente no dejó de colmar las butacas y pasillos de la sala.

Entre sus creaciones, además de Milagritos López, Cristina Megahertz (la Mega), era la más tierna: la “primera locutora travesti de la Argentina”, una voz enigmática, provocativa y delirante. Nostálgica e ingenua por momentos. Palito, un pibe de la calle, generaba una oscilación entre la compasión inicial y la inquietud “burguesa”, sobre todo cuando advertía, por ejemplo,  que en ese mismo momento un amigo de él le puede estar robando el pasacasete a cualquiera de sus oyentes. Roberto Flores, un “homosexual decadente”, con su voz gangosa, todos los clichés de los gays. Martín Revoira Lynch, el tipo “bien”, de San Isidro, con su vocabulario y su gestualidad, estudiados al dedillo. Dick Alfredo, el locutor mexicano,  filoso y agresivo, cocaiómano, crea otro clima. Su realismo duele, oprime. En pocos minutos es capaz de hacernos replantear nuestra propia existencia y de colocarnos al mismo nivel de una pobre rata.

Con su talento actoral y su brillante manejo de la voz, Fernando Peña montó al público de esos momentos sobre una montaña rusa de sensaciones vertiginosas, y aún hoy, a más de ocho años de su partida, tiene algo que decir:

 

DEL MICRÓFONO A LAS TABLAS

Después de ocho años de radio, ¿por qué, este año, empezaste a mostrar tu imagen, al punto de protagonizar una obra de teatro?

Porque me aburrí. Y me dieron ganas de hacer  algo diferente. Además, la gente se aburre de todo, y algún día se va a aburrir de mis personajes. Por eso pensé que era oportuno aparecer ahora, darme a conocer  antes de que mis personajes mueran. Si no, después va a ser demasiado tarde para sacar la mano de abajo de la tierra y decir “¡ey, era yo!”.

¿Por qué estás tan seguro de eso?

Porque todo el mundo se aburre de todo. Uno se puede enamorar apasionadamente, y puede jurar, y jura que nunca se va a aburrir. Es más, lo hace ante Dios. Eso es una payasada. Uno se aburre de todo, del auto, de la novia, de una película… Un día una novia mía china me dijo una frase oriental que nunca voy a olvidar: “preservar el amor es tan difícil como mantener una sopa caliente”.

Debatir, pero no discutir. El primer signo de falta de inteligencia es la discusión.

Pasaste de trabajar con la voz a trabajar con el cuerpo. ¿Cómo te formaste para eso? ¿Estudiaste teatro?

Sí, estudié teatro diez años. Empecé a los 17, en Nueva York, con Strasberg. Yo soy actor, no locutor. Después acá, estudié con Lidia Catalano, Alejandra Boero, Villanueva Cose… con María Luisa Gingles, que es una productora de teatro que me ayudó muchísimo en la vida. Es más, yo en la radio no paro de moverme, mis personajes adoptan formas físicas.

¿Cuál es la diferencia entre el oyente y el espectador?

La gente cambia mucho el espectáculo. En la radio yo digo algo y no me contestan inmediatamente. En cambio yo digo algo en el teatro y la respuesta es inmediata. Y yo no soy “profesional”. Detesto ser “profesional”. A mí me gritan algo y lo contesto, porque esos actores que se hacen los sordos me parecen de terror.

Dentro de la obra, ¿la gente tiene un espacio para participar?

Se lo ganan ellos. La obra cambia todos los días porque no hay nada programado. El espectáculo es un momento de encuentro entre el público y yo. Hay una base escrita, pero voy interactuando mucho con los espectadores, sintiendo lo que va pasando. Y bueno, si se me canta el culo cambiar en el momento, cambio todo.

¿Cómo es Ezquizopeña?

No es un show para que lo vea cualquiera y no es un show para sentarse a hacer ja, ja, ja, y olvidarse de que uno cobra $400 y no le alcanza para el viaje. No es ese tipo de humor, no es el humor de los Midachi, a quienes detesto. Es un viaje en un tren fantasma que genera diferentes estados de ánimo. Para mí, humor significa estar triste, estar contento, estar enojado, estar amargado, la bronca, la nostalgia, la alegría, la euforia. El humor pasa por un montón de estados de humor. El personaje que más hace reír y que es más inocente es la Mega. Los demás personajes pasan por distintos tipos de humores.  Hay momentos muy agresivos, muy fuertes. Estoy harto de la gente que piensa que va a ir a ver a un payasito; no es así. Hay de todo.

¿Qué es lo que más te gusta de vos mismo, como actor?

Yo digo “qué suerte, lo logré” cuando puedo hacer pasar a la gente de la risa al llanto en un segundo. Eso es lo que más amo. Por ejemplo, el personaje de Dick a nadie le gusta, todo el mundo se siente angustiado, le duele el pecho, se quiere ir del teatro, pero en un minuto Dick dice algo que hace reír a todos.

LOS PERSONAJES

¿Cómo nacieron tus personajes?

Algunas veces me inspiré en una persona que había conocido. Otras veces nació primero una voz y después, el personaje. Otros personajes nacieron del cuerpo físico y después les puse voz. Otros nacieron de alguna manía o de alguna forma de ser. Y otros nacieron de las ganas de hacerle entender algo a la gente. Por ejemplo, Roberto Flores nació para hacerles entender a los gays que hay un costado de ellos que es muy, muy, muy tarado. Tarado, para mí, es una palabra mucho más fuerte que pelotudo. Yo detesto los ghettos. Y los gays se autodiscriminan enghettándose.

¿Te considerás una especie de “gay renegado”?

Sí, puede ser. Me parece que ser gay es solamente meter una pija en un culo. Punto. Después está todo eso de colgar trapos blancos, prender velas, usar gel, ir al duty free, tomar champán, usar zapatitos… eso es una pelotudez que odio. Todo el ghetto, la etiqueta, los clichés. Roberto Flores nació en un momento de mucha bronca, en que me dije “voy a inventar un gay que sea re-puto y que odie todo eso”. Y así fue. Y mirá cómo será que los gays lo adoran. Se ve que dí en el clavo.

Para mí el humor pasa por un montón de estados de humor.

¿Por qué lo quieren tanto a Martín Revoira Lynch?

Mirá, algo rarísimo es que la gente que lo escucha a Martín es como Martín. Hay gente que escucha el programa solamente los jueves, cuando está ese personaje. Y es gente “bien”, como él. Y eso pasa o porque están muy mal de la cabeza o son unos retardados. Es lo mismo que a mí me hicieran ahora un programa de gente provocadora. Yo ni lo miro. ¿Para qué? Si ya sé lo que soy. Si yo hago un programa que muestra tus defectos o cómo sos vos y vos lo ves, es porque no estás tan seguro de cómo sos.

¿Tenés personajes nuevos en mente?

Tengo varios. Sí.

¿TALENTO O PATOLOGÍA?

¿Estás más cerca de la patología o del talento?

De la patología. Es verdad. Lo que pasa es que tengo una patología educada, encaminada, con vocación. Yo estoy medicado hace 17 años. Todos los días tengo que tomar una pastilla porque soy hiperquinético.

¿Qué es una “patología encaminada”?

Si yo hubiera sido cajero de banco, por decirte un lugar común, a lo mejor habría robado el banco, tomado de rehén al gerente y  matado a todo el mundo. Pero canalicé bien. Y cuando canalizás bien, cuando encontrás tu vocación, sos sincero con vos mismo. Si vos querés ser albañil y sos carpintero, te estás traicionando. Te ponés mal, te volvés loco, y hacés cualquier cosa. Si sos medianamente loco pero hacés lo que querés, no te mentís, empezás a quererte, lográs cosas. Entonces la locura termina siendo la fuente para que vos te desarrolles como artista, como ser humano, como empresario. Mirá Dalí, mirá Picasso; toda esa gente, para mí, le dio bola a su esencia.

¿La mentira enloquece?

Si vos te mentís, la vida te da sorpresas peligrosas. Si yo me paso toda la vida negando mi esencia, negando que tengo un pito o un pie, y de pronto los descubro, me asusto, me llevo una sorpresa desagradable.

¿Qué es la locura?

La locura no es agarrarse a cuchillazos o hablar solo. La locura es propia del cerebro humano y la tenemos todos. Inseguridades, celos, manías, miedos, dudas, antojos, pasión, pesadillas, melancolía, tristezas, todo eso hace a la locura. El ser humano es loco porque es el único animal tan inteligente, que tiene tantos “ingredientes” dentro de su cerebro. Las personas más inteligentes son las que encuentran recursos originales y novedosos para lidiar con todo eso.

¿Y qué es para vos el talento?

Es muy importante porque el talento es el que hace que la locura se vuelva linda. Por ejemplo, yo soy un tipo muy violento, y tal vez estoy acá y me harto y quiero empezar a tirar todo. Entonces en vez de que Fernando Peña tire las copas, el talento hace que venga, qué sé yo… la Mega, y diga “ay, estoy aburrida, me aprieta el corpiño”.

¿No te dicen “no te cures nunca”?

Yo me lo digo.

ASÍ ES, ASÍ PIENSA

Tu actitud zafada para hablar de temas como la homosexualidad, ¿te trajo problemas?

Nunca. Jamás. Es más, el otro día me hicieron un reportaje para la revista Noticias. Y el título era algo así como “Los homosexuales hoy en día en el trabajo”. Y yo le dije al periodista que no podía dar testimonio, porque nunca tuve ningún problema. Me dice el tipo “no, porque vamos a hablar de la problemática y del rechazo de la sociedad…”. Yo nunca me sentí rechazado por la sociedad por ser gay. Jamás. Y es  mi verdad. A mí me fue bárbaro por ser puto.

¿Te parece injustificada esa postura en algunos gays?

Si fuera difícil ser gay en esta sociedad no estaría Piazza haciendo los desfiles que hace, no estaría yo en la radio, no estaría Gino Bogani haciendo vestidos, no estarían Gasalla y Perciavalle triunfando, y no sé cuántos otros putos más que todos consumen, aceptan y adoran. Yo odio esa actitud víctima. El mundo está lleno de víctimas, como esos perritos que meten la cola entre las patas y se mean. Y bueno, hay gays que están acostumbrados a ser víctimas, que van por ahí diciendo “soy-gay-na-die-me-da-bo-la”. Yo pienso que no es así.

¿Nunca te gritaron nada por la calle?

Me gritan cosas positivas. Yo creo que una de las pocas cosas que no es condenable y que la gente agradece es la sinceridad. Nunca tuve un problema por decirle a un amigo mío “soy puto”. Detesto los ghettos. Si yo me enghetto, es porque me considero un anormal. Yo meto el pito en un lugar, vos en otro. Punto. Lo demás es intelectualidad, es trash, es estupidez. Es nada más que eso.

El talento es el que hace que la locura se vuelva linda

¿Y por tu forma de hablar de las drogas? ¿Nadie te dijo nada?

No. ¿Sabés por qué me joden en este país? Por las puteadas. Hace dos días me rechazaron un artículo para la revista El Planeta Urbano que se llamaba “El culo romántico”. Porque yo estoy convencido de que la gente anal, hombres y mujeres, son más sensibles que la gente hermética, que es como yo llamo a la gente que no se deja tocar el culo, que tiene complejos con el culo… y bueno, me lo bajaron, porque las empresas, los sponsors… Ésos son el cáncer de este mundo, los sponsors, Mc Donald´s, Ford, Johnson & Johnson… Los yuppies traumados, católicos, apostólicos y romanos, reprimidos, que se asustan porque uno dice pelotudo. Y esto no tiene nada que ver con el comunismo. No soy comunista, soy socialista, que es distinto. Y entiendo el socialismo como compartir con la sociedad las mismas cosas que todos tenemos ganas de hacer y no meterse, dejar al otro vivir, no tratar de convencer a nadie de nada.

¿Y no discutir?

No discutir. Debatir, pero no discutir. Y anteponer el “para mí”. Decir “para mí, el vino tinto es feo”. O “para mí, el vino tinto es rico”. Y se acabó. El primer signo de falta de inteligencia es la discusión. En cualquier lugar del mundo una discusión surge así:

“-El vino tinto es lo mejor que hay.

-No, nada que ver, el blanco.

-¡¡¡No, el tinto!!!!”

¿De qué estamos hablando, loco? Para mí el tinto, para vos el blanco, para él el rosado. Punto, ya está. Cada uno elige lo que quiere, y hay que dejar elegir, saber aceptar lo que el otro elige y convivir con lo que el otro elige.

Esa desinhibición que tenés es natural en vos, o un día tomaste la decisión de decir “yo voy a ser así y asá…”

No. Es genético, para  mí. Yo tenía una abuela y un bisabuelo que eran muy parecidos a mí. Mientras uno sea sincero, creo que está todo perdonado. Es una complicación, la mentira. La detesto. Siempre fui así, de chiquitito.

¿En el verano vas a hacer teatro?

No tengo idea, no hago planes. Nunca. Jamás hago planes.

¿Qué cosas te hacen reír? ¿Y qué humoristas te gustan?

Me hacen reír las cosas más dramáticas. Por ejemplo, una vieja se cae y se rompe la cabeza y yo me puedo reír tres días. Ahora bien, Olmedo no me hacía reír en absoluto. No me gusta Capussoto, me parece un tarado. Me gusta Fabio Alberti. Me gusta Tortonesse y no me gusta Urdampilleta. Todo lo forzado, lo exagerado, me desexcita. A  mí me gusta lo natural. Me hace reír muchísimo Pettinato. Me gusta Gasalla, no me gusta tanto Perciavalle. Me gustan Edda Díaz, Mariana Briski, Ronnie Arias, adoro a Niní Marshall, con su humor negro tremendo. Me encantaba Minguito. Odio a Calabró. No me gustan las cosas obvias, me aburren, me cansan, me agotan, me empalagan.

¿Y de los extranjeros?

Me gustan Peter Sellers, el grupo Monthy Python, Mel Brooks, The Kids in the Hall (un grupo de seis actores canadienses). Me hace reír muchísimo Woody Allen, pero no cuando se pone en intelectual. Odié toda la vida a Carlos Chaplin, me parece un imbécil, cretino. Y a los Tres Chiflados, con esa violencia que no es humor negro ni nada. Le tengo una bronca tremenda a Moe, y a Larry, por ser tan condescendiente, y a Curly,  por ser tan imbécil. Me encantan los hermanos Marx.

Entrevista realizada por Carina Kosel en septiembre de 2000

Foto: twitter de Fernando Peña @putolindo