Periferias en la calle Corrientes

Mercado de las tristes alegrías… 
Cambalache de caricias donde cuelgan la ilusión. 
Tristezas de la calle Corrientes (Tango 1942)

 

La calle Corrientes es el centro de la ciudad de Buenos Aires y la periferia de toda vanguardia. Si pudiéramos sacudirla como una manta, arrojaría libros, actores,  pocillos de café y “musas” con faina. En ese orden. Para disfrutarla solo se requiere caminarla ida y vuelta todas las veces y días que se pueda y, sobre todo, cuando el desencanto por el mundo nos bajonea como un desengaño amoroso. Además, sus veredas aportan un detalle que otras calles del planeta no tienen: nadie, absolutamente nadie, pasa desapercibido.

–¿Te puedo comentar algo?

–Sí, claro.

–Nosotros somos un grupo que realmente lucha por el socialismo. En estas elecciones la izquierda se olvidó del socialismo, todos son reformistas a la europea. Nosotros no. Y la causa es el abandono de la lucha intelectual, porque todavía insisten en repetir las mismas categorías de los que escribieron en el siglo XIX. Creemos que hay que recuperar la conciencia revolucionaria y defender el socialismo para darla a la clase obrera una vanguardia que le permita…

–¿Clase obrera en un país en vías de desindustrialización? –interrumpo.

–¡Pará que te estoy explicando! –me frena con cierto nerviosismo.

–Sí, sí…, claro, perdón.

–Todo es clase obrera. El desocupado, el changarín, el que trabaja en un comercio, todo es clase obrera, ¿entendés?.

–No. Me parece que es una categoría del siglo XIX, y si vos decís que hay que superar en la lucha intelectual las viejas categorías revolucionarias…

–Bueno, sí. Como veo que estás algo empapado en el tema…

–Porque además –sigo diciéndole– estamos en un mundo donde no sabemos qué es la clase obrera y si realmente hoy puede ser el sujeto revolucionario, ¿no?

–Bueno, clase obrera como el obrero con casco y mameluco no hay. No es ese estereotipo de clase obrera al que me refiero. Me refiero a una clase social, porque la sociedad está dividida en clases y hay clases que explotan a otras.

–Pero ahí volvemos a las mismas categorías viejas. De todas formas coincido con vos con que hay que cambiar esta porquería y me alegro mucho de que haya alguien que realmente cuestione al capitalismo, porque hoy parece ser que es indiscutible para todos.

–No te quiero quitar mucho tiempo. Nosotros vendemos esta revista en la que se ocupa de diversos temas tales como la educación socialista, nosotros tenemos grupos de estudio en la facultad que…

–Pero, ¿ustedes quiénes son? ¿Son trotskos?

­–Sí…, no. El trotskismo está pero en realidad somos un grupo que como dice acá es piquetero.

–Ah, son piqueteros.

­–No. Nosotros somos piqueteros pero queremos quitarle a la clase obrera esa conciencia patronal y reformista que tiene.

–No entiendo bien, y me gustaría debatirlo y estudiarlo porque creo que es un problema de la izquierda de nuestro tiempo, ¿cuál sería el sujeto revolucionario?

–Lo que pasa es que todos se olvidan del socialismo y ahora quieren acercarse al peronismo para ver si pueden captar algo desde ahí, pero es inútil.

–¡Es como una discusión setentista al revés!

–No, no, para nada. Mirá nosotros creemos que el sujeto revolucionario son los piqueteros.

–Ahora entiendo menos. Por lo que se los piqueteros fueron la expresión de un mecanismo de lucha de los desocupados de la década del noventa. No creo que ese grupo se transforme en el sujeto capaz de hacer la revolución socialista en la Argentina.

–Pero no solamente, hay otros grupos. Yo particularmente creo que los docentes son el sujeto revolucionario.

–¿Vos sos docente?

–Los docentes forman parte de la lucha intelectual que hay que dar y nosotros tenemos muchos docentes en nuestros grupos de estudio…

–¿Sos docente de la facultad?

–Sí, me recibí ayer.

–No, no creo…

–¡Cómo no, te estoy diciendo que me recibí ayer! –me interrumpe casi enojado.

–Bueno, te felicito. Yo te decía que no creo que con los docentes y los piqueteros alcance para hacer la revolución. Me parece poco.

–Los docentes son parte del sujeto revolucionario, pero bueno, ¿me comprás la revista?

–Sí, a ver… –comienzo a ojearla–. Che, está muy buena.

–Vale treinta pesos y también si querés te puedo ofrecer un suplemento.

–No, gracias. Con esta me alcanza.

–Tomá, gracias.

–Chau.

–Chau.

La revista se llama El Aromo, Periódico Cultural Piquetero. Tiene un lindo diseño, tapa ilustración. El noventa y nueve por ciento de la publicidad es de libros y librerías, y en los créditos no se anuncia una página web. La editorial, al revelarnos la interna trotskista al detalle, alcanza el poder de devolvernos al pozo más profundo del desencanto por el mundo. Pero si continuamos pasando páginas nos toparemos con artículos interesantes y bien escritos. Particularmente me interesó la nota de Pablo Pozzi, que analiza un documento desclasificado por la CIA recientemente que demuestra cómo los historiadores y filósofos franceses de la escuela de la revista Annales, la Ecole de Hautes Etudes y los seguidores de Michel Foucault, como Derrida y Lacan, terminaron por ser funcionales al programa cultural diseñados por los espías estadounidenses, y hasta intelectuales desconocidos lograron fama y cuantiosas ventas de sus libros financiados por las fundaciones de Ford y Rockefeller. Es muy revelador porque, justamente, la revista Ñ del grupo Clarín anunció en tapa el pasado 19 de agosto un debate sobre la necesidad de olvidar la historia para obtener la paz. Y la locomotora de este tren fantasma del olvido resulta ser un libro titulado Elogio del olvido, escrito por un historiador norteamericano hijo de Susan Sontag (acaso sea el único mérito que vale la pena destacar en este señor), que propone que, para alcanzar la paz, nuestras sociedades deberían dedicarse a olvidar y no gastar energía en recordar. Y se anima a opinar sobre la Argentina, la ex Esma y el Parque de la Memoria, y suelta: “es una presentación montonera […] Para mí es propaganda pura, un mito absoluto”. Y pone como ejemplo a Estados Unidos, su país: “EEUU es en un sentido es el país del olvido. Los jóvenes dicen That´s History para hablar de algo que ya no significa nada” Y remata: “Creo que todo será olvidado. Entre tanto el libro es un éxito”. Mirá vos, finalmente lo importante es que su libro es un éxito.

Si como revela Pablo Pozzi, la CIA desarrolló en los años sesenta su programa cultural con el objetivo de desviar a los intelectuales progresistas de las teorías marxistas del desarrollo histórico y de la Unión Soviética como modelo; no es ilógico pensar que ahora nuevos programas culturales impulsen a nuevos intelectuales, con algún que otro prestigio prestado, para redirigirnos al olvido de nuestra propia historia, y así sepultar todo intento liberador de nuestros pueblos. El trotsko de la calle Corrientes tiene algo de razón cuando me decía con cierto halo de desesperación: nuestra izquierda se olvidó de la lucha intelectual.

En definitiva, no se olviden caminar la calle Corrientes, porque cuando el mundo tira para abajo y sobreviene el bajón de que todo está perdido y ya no haya solución ni revolución posible, la ilusión estará ahí esperando para acariciar a quienes desencantados pasen por nuestro mercado de las tristes alegrías.

Nelson Pascutto