MACRI, LOS INTELECTUALES Y LA OCUPACIÓN DE POLONIA, por Nelson Pascutto

Foto: Hans Frank y Adolf Hitler

Luego de invadir y ocupar exitosamente Polonia, en los primeros días de mes de octubre de 1939 Adolf Hitler ordenó al ejército de ocupación alemán, comandado por el mariscal de campo Wilhelm Keitel y al jefe de la SS Heinrich Himmler, que debían entregar el mando administrativo a una organización civil encabezada por Hans Frank, amigo y asesor jurídico del Führer.

El objetivo del gobernador general de Polonia, consistía en destruir la economía del país, transformarlo en una reserva de mano de obra alemana y en diez años hacerlo desaparecer por completo. Para ello, la urgente y principal tarea para el éxito de su gestión era evitar que los intelectuales polacos se reorganizaran en una oposición al régimen de ocupación.

Todo ataque a un pueblo es, esencialmente, un intento de destrucción de su intelectualidad.

Es muy interesante reflexionar por estos tiempos con relación a este acontecimiento de nuestra historia. ¿Qué le queda a un país devastado por las armas de la ocupación militar, las deportaciones y asesinatos masivos y el exterminio sistemático de grandes poblaciones? Los nazis sabían la respuesta: la intelectualidad.

La intelectualidad de un país es constitutiva de la cultura. Cohesiona, crea identidad, une a los pueblos en un objetivo común, busca y da soluciones en el medio de la peor de las situaciones. Reúne los materiales y edifica los pilares de la conciencia histórica. Funda y justifica jurídicamente un territorio. Une a las voluntades de todo un pueblo en un hecho político vivo, que le da sustento geográfico, económico, social, jurídico a la organización de una nación.

Todo ataque a un pueblo es, esencialmente, un intento de destrucción de su intelectualidad. Y este ejemplo extremo no nos debe inhibir de hacer comparaciones, aunque el tenor, el momento histórico y los modos no sean los mismos o, por ahora, no sean tan atroces como los ejecutados por el nazismo. Pero resulta que estamos viviendo momentos de un ataque decidido de destrucción de la intelectualidad que fundaron los gobiernos nacionales y populares de américa latina. Y el procedimiento es muy parecido al ejemplo: primero se ocupan los espacios expulsando a sus habitantes, luego ser recorta y degrada su economía y, finalmente, se trata de dispersar, aislar y desacreditar a sus intelectuales.

El conflicto docente es un claro ejemplo: el ministerio de educación ocupa el ámbito educativo proclamando, en palabras de su ministro Esteban Bulrrich, que vienen  a hacer “una nueva campaña del desierto” (eufemismo que usó el presidente Julio Argentino Roca para exterminar a los pueblos originarios); luego destrozan su economía quitando presupuesto y eliminando las paritarias salariales, finalmente tratan con mano dura de reprimir las protestas y aislar y descalificar a sus representantes acusando, en este caso, de “sucio que no se baña” al secretario general del SUTEBA, Roberto Baradel.

El plan de ataque a la intelectualidad argentina no se detiene, por estos días vimos el mismo procedimiento contra el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), donde sus intelectuales fueron despedidos por el secretario de medios públicos, Hernán Lombardi, por considerarlos, según sus propias palabras: “capas geológicas que hay que eliminar”.

En Radio Nacional y Canal 7 la razia fue la misma y la persecución y hostigamiento es, como dice Lombardi, “paciente y constante”.

Hace pocos días se vivió un hecho inédito en la Argentina desde la última dictadura militar genocida: la policía jujeña, enviada por uno de los personeros más despiadados del neoliberalismo argentino, el gobernador Gerardo Morales, irrumpió violentamente a la Universidad Nacional de Jujuy y lastimaron a golpes y secuestraron estudiantes.

Todo esto se suma al desmantelamiento de la investigación científica y despido de científicos en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y a la tesis impulsada por el mismo presidente Macri de que la educación pública es mala y que solo merece impulso los centros educativos privados.

La invasión del neoliberalismo en Argentina ya desplegó su acciones frankianas sobre la intelectualidad, pero sus formas grotescas y oscas siguen sin aprender que la historia del hombre ya ha demostrado que el último bastión de la libertad, el pensamiento, es insobornable, infranqueable e invencible.

Nelson Pascutto