SOBRE ALGUNAS PELÍCULAS ARGENTINAS DE LOS 70 por Lilian Laura Ivachow

Durante los primeros años de la década de 1970 el cine argentino se expandió a través de  películas poderosas. Adaptaciones de textos de Manuel Puig, Rodolfo Walsh y Haroldo Conti, propuestas históricas y maximalistas como Juan Moreira o Los hijos de Fierro, filmes felizmente inclasificables como Con alama y vida o Nazareno Cruz… No se trató de movimientos generacionales ni de olas renovadoras sino de realizadores con  trayectorias y procedencias diversas.  Más que de cine, si revisamos la producción nacional de los ‘70, deberíamos hablar de “películas”.

Todas las tensiones de una época en ebullición recorren la filmografía de Raymundo Gleyzer, desde los auténticos comunicados de las acciones del  ERP (filmados en 16mm) hasta una película  que circuló de manera clandestina como Los traidores en la que el ascenso, transformación y caída de un dirigente sindical refiere nada menos que a José Ignacio Rucci. En Qué es el otoño (1976) un estudiante es interceptado y ejecutado a plena luz del día por tres represores que descienden de un Falcon. El accionar de la Triple A se evidencia en otra escena de esta película de David Kohon, cuando el protagonista se entera de que un amigo apareció muerto a la salida de la Facultad.

Algo similar ocurre en Gente de Buenos Aires (1973) en donde Luis Brandoni despliega la portada de un diario con la noticia de los fusilamientos de Trelew acaecida el 22 de agosto de 1972. Esta película de la directora Eva Landeck retrata sin énfasis y con trazo fino a jóvenes estudiantes de la época; sus soledades, idealismos y necesidades materiales. La impactante secuencia onírica inicial muestra a un joven disparando a quemarropa antes de ir a la facultad, luego a dos grupos enfrentados en una manifestación y después a dos represores asesinando al joven en un descampado.

Directores como Torre Nilsson, Favio y Renán pusieron en escena con diferentes recursos una homosexualidad que apenas empezaba a visibilizarse. En Soñar soñar, bellísima película de mujeres ausentes, Monzón, con el torso desnudo disfruta cuando su admirado Mario le pone ruleros y los dos irán formando una particularísima pareja, en la que no faltarán celos, elogios y reproches mutuos. La tregua  de Sergio Renán fue incluso más allá de la novela de Benedetti en la que un padre de homosexual se hacía la típica pregunta y qué hice yo; y la película mostró nada menos que a tres gays; el que interpreta Oscar Martínez, el más estereotipado de Antonio Gasalla y el del mismísimo Renán, quien asume una defensa de la elección sexual con asombrosa valentía.

La sorprendente escena de Piedra libre en la que Marilina Ross y Luisina  Brando se abrazan desnudas bajo la ducha contribuyó a que esta película de Torre Nilsson  y Beatriz Guido fuera prohibida por el Ente de Calificación Cinematográfica en el 76  por “ataques contra la familia, la religión, la moral y las distintas clases sociales, la tradición y otros valores básicos de nuestro sistema de vida…” Un año antes, la misma actriz se había vestido de hombre en  La Raulito, “porque para una pibita pedir plata en la calle siempre es más fácil que para un varón”. La Raulito finalizaba a lo Truffaut con dos chicos corriendo por la playa tras la sirena en off de un patrullero. Estos chicos huyendo del poder policial eran en verdad dos chicas;  la increíble Juanita Lara  −que  en aquel ‘75 sería “Fidelia” en Nazareno Cruz− y la propia Marilina.

De más está decir que todo esto se perdió. El panorama del  cine de la dictadura, sobre todo el que concierne al período  que va del ‘77 al ‘80,  es el mismísimo vacío fílmico.  Lo que vino después fueron películas atroces, da pudor incluso mencionarlas. Da pena ver a Sergio Renán dirigiendo la xenófoba La fiesta de todos y a una actriz enorme como Nora Cullen en una película infame y propagandística como Brigada explosiva. Da más tristeza tirar por la borda una tradición. Porque si el cine de los ‘80 revisaría con comodidad el pasado reciente, el de los primeros ’70 tuvo el poder de anticiparlo, con sus maravillas, alardes e imperfecciones. Más aun, la valentía de plasmarlo en directo desafiando a un aparato de censura ya  instalado. El elegantísimo travelling que recrea el parque japonés en la película  Soñar soñar −filmado bajo el control de un “supervisor de rodaje” nada menos que el 24 de marzo de 1976− es el signo perfecto de un esplendor que se acababa.