“EL PAN EN LA MESA” por Sergio Carciofi

El pan es lo primero que se pone y lo último que se levanta de la mesa. Muchas veces, cuando se anuncia que la mesa está servida, los comensales ya calmaron su apetito con un pedazo de pan y quedan mejor predispuestos a saborear el plato principal. Porque cuando hay hambre no importan los colores, olores y sabores de una comida. Cuando hay hambre se come pan (o cualquier cosa, pero con pan). Habitualmente en los restoranes lo primero que el mozo sirve en la mesa es una canasta de panes varios (muy sabrosos), con alguna salsa para que el cliente pueda sacarse el hambre rápidamente y luego elegir su plato. Los bodegones, en muchos casos, disponen una canasta de pan en las mesas preparadas a la espera de clientes; otros se juegan a exhibir grandes panes caseros en los mostradores con el fin de atraer a los transeúntes hambrientos que pispean a través de los ventanales. Ni hablar de los locales gastronómicos que amasan, cocinan su propio pan y arrojan en el ambiente ese aroma hipnótico que relaja las mandíbulas y llena las bocas de agua.
El pan es convocante, amplio, democrático. Generaciones milenarias de seres humanos terminaron por imponerlo sobre las mesas de las más diversas civilizaciones. Porque el pan saca el hambre y activa a la humanidad a dar el siguiente paso: elegir. Y en tanto las mujeres y hombres puedan elegir, podrán entonces darse su libertad. Incontables propuestas amorosas fracasaron por falta de pan. Hasta proyectos políticos terminaron y nacieron por falta de pan. La toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789 que inauguró la revolución francesa fue impulsada por el hambre de un pueblo sin pan. No por nada la oración que Jesús nos enseñó suplica a Dios que nos dé “el pan nuestro de cada día”. Ya ven: ni siquiera hay religión sin pan.

el pan saca el hambre y activa a la humanidad a dar el siguiente paso: elegir

Sin embargo hoy, a pesar de que la producción de pan en el mundo podría quitarle el hambre a toda su población, hay quienes no tienen pan y también quienes eligen no comer pan. La cuestión es tan crucial y fundante que podríamos dividir a la humanidad entre, por un lado los que no tienen pan y, por otro lado, los que eligen no comer pan. Los primeros no pueden elegir, el hambre los priva de esa libertad. Los segundos, que ya no tienen hambre y pueden elegir, lo primero que eligen es no comer pan (!).
La mitad que elige, no pone el pan en la mesa porque prefiere mantener su silueta, bajar de peso y mantener los niveles de glucosa en sangre recomendados por los dietólogos y nutricionistas. A cambio consumen una serie de productos alimenticios genéticamente modificados que, dicen, son óptimos para la salud. También se dan sus buenas panzadas de carnes, pescados, pastas y demás delicias como buenos gourmet que son. Y sí, engordan (pero sin pan).
La mitad que no puede elegir piden pan, no le dan, piden queso, les dan hueso y les cortan el pescuezo (como a los maderos de San Juan) Rezan: danos el pan de cada día. Pero nadie les da un cacho de pan. Algunos filántropos ponen comedores y les dan pan con mate cocido. Y así se calman. Los que eligen no comer pan los van a visitar y le piden el voto, pero por sobre todas las cosas controlan que no coman tanto pan, a ver si en una de esas a estos hambrientos con pan se les da por querer elegir.
Así las cosas, vivimos en un mundo donde los muchos luchan por comer pan y los pocos por no comerlo. En el medio de la historia el pan, que nace con su brillo dorado como el sol, se tuesta, endurece y desgrana nuevamente para amontonarse sobre las ruinas que deja a su paso el aumento impiadoso y voraz de su precio.