Destino inevitable, por Fernando Reznik

Luego de pasar un buen rato tranquilo en mi cuarto de hotel salí en busca de un loundry (lavandería para la ropa). Es extraño, tantas veces se aparecen delante de mis ojos estos pequeños establecimientos que por USD 1 o 2 el Kg. te devuelven la ropa limpia y doblada y sin embargo cuando quise dar con él, resultó esquivo. No tardé en regresar al hotel y dejarlo para el momento en que el loundry me encuentre a mí pues el tiempo en Hanoi era limitado.

Hanoi es una ciudad ecléctica y bulliciosa. Toda esa pasión de sus habitantes parece canalizarse a través de las bocinas de las motos, autos y ciclos (bicicletas con carrocería para llevar a una persona); angostos edificios de azarosas alturas, entre 2 y 4 pisos, son sorteados por un tendal de cables que parecen un cielo raso. Flores, flores y más flores, reales y artificiales, decoran las veredas, esas que tantas veces resultan intransitables porque las motos allí estacionadas impiden el paso de transeúntes. En última instancia queda caminar por la calle pero eso requiere de un sexto sentido. Todas las calles son de doble mano y cruzarlas es una aventura propia de Indiana Jones. La cantidad de tiendas de ropa es sorprendente y encontrar prendas de estilo occidental resulta mucho más fácil que los mercados callejeros de Bangkok.

Perderme por esas calles tan similares entre sí fue la mejor forma de conocer el viejo Hanoi y transitar su magia, aunque al rato me dio flor de jaqueca (como dije, abundan todo tipo de flores en Hanoi).
Antes de partir hacia la estación de tren sentí el llamado a visitar un SPA, joya silenciosa cuasi edén en medio de tanto trajín. Me recibieron con un té y me despidieron con una bebida tibia de maracuyá, un espirituoso masaje entre ambos y música con pajaritos. ¡Alguno debió llevarse mi jaqueca!
El tren salió puntual a las 21:10hs. Sin embargo no fue tan preciso el arribo, casi cuatro horas más tarde de lo esperado. El colchón de la cama era suave, sólo comparándolo con una roca. Me Imaginé haciendo yoga y al rato mágicamente el dolor de espalda se me pasó ¿Habré desarrollado una nueva técnica yogui?
Dos días atrás había acordado con el operador de Vietnam que me esperarían en Laocai, ciudad fronteriza con China. Sin embargo, entre la tumultuosa recepción habían carteles en todos los idiomas pero ninguno llevaba mi nombre. Acepté el ofrecimiento de viajar a Sapa en una mini van por 100.000 dongs, unos usd 5. Esta creo que fue la única vez que no regateé. El precio me pareció justo tratándose de una hora de viaje y sólo la idea de no entrar en la recurrente puja me resultó reconfortante. Todo viajero se ve compelido a participar en esa contienda sin notificación alguna o pagar casi el doble del precio.

Me asomé por la puerta para ver dónde entraría mi alma y sí, había lugar aún en la fila trasera. Pronto estábamos encaminados a Sapa, 35km. Montaña arriba. Nos adentramos en la neblina que, como una crisálida, se convertiría en una densa nube. Lo curioso es que el conductor no disminuía la velocidad pero ese era el menor de los atentados a la calma occidental. Las sinuosas curvas parecían desdibujarse para el chofer que flaqueaba a los autos, motos y camiones cual recta principal del circuito de Montecarlo. Como si se tratase de un video juego, el nivel de dificultad creciente incluía llamados desde el celular, música y charlas con su compañero. ¡Oh, pero qué descaro mi sarcasmo! Olvidaba aclarar que usaba su bocina. Así alertaba a cualquiera que infelizmente viniera por la vía contraria y pudiera aventurarse a un impacto seguro; así le daba chance de detenerse o devolver la bocina en busca de una tregua a la tragedia.

Nadie muere en la víspera dicen, ¿no? Pues bien, no viajé con el grupo, mi traslado a Sapa no estuvo y acabé en ese transporte que era una ruleta rusa. Si debía pasar al otro mundo, ese tendría que ser mi destino y yo no iba a litigar con él. De tal modo, decidí disfrutar del viaje y observar con asombro la forma de manejar y finalmente alegrarme al descubrir que mi destino era encontrarme con el grupo en Sapa.
No me extrañó que llegásemos en horario. Al fin y al cabo, las nubes nunca parecieron existir. Un motociclista insistió en llevarme al hotel pese a mostrarle mi abultada maleta. Él no lo tomaba como impedimento alguno. Es totalmente razonable en un país que viajan tres y hasta cuatro personas en un ciclomotor ¿Por qué no dos con una valija, una mochila y dos bolsas (ineludibles suvenires de Asia)? Cuestión que tomé un taxi para recorrer los 500 metros colina arriba hasta el hotel Victoria.

El reencuentro con el grupo fue una grata bienvenida, una fiesta. Yo no sabía si es que había llegado a salvo o si todos habíamos sufrido la misma suerte y en realidad me daban la cordial recepción en el más allá. Sapa es un paraíso y fácilmente cualquiera puede confundirse.

F.R
(Fundador de Shantitur)